Me
quedé sin aliento, con el pulso acelerado y buscando el aire que no había
encontrado en ninguna de sus palabras. Mi corazón se agrietó, se enfadó y me
chilló.
Mis
ojos, aún clavados en los suyos, reprimían todas las lágrimas que el orgullo
les impedía derramar. Me llevé las manos al pecho y le ordené a mi corazón que
se callase, que todo cuanto quería escuchar en esos momentos era el silencio.
Ese que no dolía, que no hablaba de cosas dañinas. Un silencio sano, seguro,
nada de impregnarlo con el sucio veneno de las palabras. Solo quería oír la
nada, volver a casa, meterme en la cama y que todo fuese una mala
pesadilla.-Y…-continúo él, eliminando el silencio para llenarlo, probablemente,
de algo que me atravesase el corazón de lado a lado, y dejase ese agujero allí
para siempre, recordándome sus palabras día tras día durante el resto de mi
vida.-podría seguir esperando que me quisieses, que te quitaras esa estúpida
máscara que te pones para protegerte de mi y de acabar creyéndome, o peor aún,
queriéndome… podría esperar eso el resto de mi vida… pero esperarte sería como
esperar que ahora, en plena sequía, lloviese… inútil y frustrante.
Una
solitaria lágrima recorrió su mejilla. Lo entendí al sentir aquel dolor tan
extraño, que era en parte mío y en parte suyo, lo entendí perfectamente. Claro
que era él. Lo había sido siempre aunque no me diese cuenta. Lo sería siempre
aunque no volviese a verlo.
Se
fue. Se fue y me dejó allí sola, en mitad de un parque abarrotado de gente con
sus propios problemas, ajenos a mi dolor, ajenos a los pedazos de mi corazón
destrozado que estaban a mis pies. Ahora tendría que recogerlos, tendría que
conseguir que volviese a funcionar sin que se me clavasen sus pedazos y
doliese, tendría que hacer que funcionase sin él.
Como
si eso fuese posible.
Como
si lo fuese a olvidar.
Como si fuese a llover después de todo un año sin lluvia.

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