martes, 1 de noviembre de 2011

Desconocidos - FIN


Si aún conservaba esperanzas cuando mi avión aterrizó y papá fue a recogerme al aeropuerto, desde luego, ya las he perdido.
Hace dos semanas que estoy de vuelta, y parece que con mi esperanza también me traje el mal tiempo. Hace dos semanas que no para de llover, como cuando él se declaró, como cuando yo lo hice.
Dos eternas semanas en las que he visitado el parque, sin paraguas. Y él no está, en realidad, tampoco pensaba que fuese a estar, aunque eso no bastó para que el hueco de mi pecho tuviese esperanzas de volver a llenarse.
No sé ni porque sigo viniendo.
Tres años es mucho tiempo, y estoy segura que él me estuvo esperando casi tanto como yo lo estuve esperando a él. Pero eso no borra que han sido tres enormes años, en los que él debe haber olvidado mi promesa, o haber perdido la fe en ella.
Últimamente estoy muy susceptible. Papá procura no hablar conmigo mucho, porque siempre acabo gritándole histérica, no quiero hacerlo, pero a ver, ¿cómo te sentirías si hubieses perdido al amor de tu vida para siempre? ¿si ya no tuvieses corazón ni capacidad de amar a nadie más? ¿si de pronto ya no puedes tener sueños porque el más importante de tu vida ha dejado de tener sentido?
Pues yo te diré como te sentirías. Te sentirías como yo, sola y hundida, y lo que es peor: te sentirías muerta.
Cuando llegué al banco el día siguiente de mi llegada, me encontré con que muchas cosas habían cambiado. Ese día no llovía, y eso me hizo volver a manejar la teoría de que a veces el tiempo va acorde con mi estado de ánimo. Ese día yo no estaba hundida, porque aún conservaba la esperanza de que él siguiese allí. Ese día hacía un sol cálido y resplandeciente. Al día siguiente empezó a nublarse. Tres días después estaba lloviendo como hacía mucho que no llovía, fue entonces cuando me di cuenta de que mi esperanza se había esfumado.
Pero no puede haberse esfumado cuando aún hoy, dos semanas después, sigo viniendo.
Cuando volví me encontré nuestro banco pintarrajeado y oscuro. Ya no me daba calidez, ya no me hacía sonreír. Estaba vacío. Nuestro banco ya no era nuestro, y al parecer, no era de nadie. Me senté en el césped que había por delante, donde habíamos pasado muchas tardes tirados y hablando de mil cosas.
Y ahí me he pasado este tiempo. Mamá me ha estado llamando todos estos días y ha notado como me iba apagando poco a poco, quería venir, pero yo se lo prohibí, ella no podía hacer nada.
Hoy al llegar me he sentado en el césped con la firme intención de desengancharme de este hábito que me está matando. Hoy le diré adiós a este parque para siempre y quizá me vuelva a ir lejos, con mamá, a ver si es cierto eso de que la distancia hace el olvido.
Pero hoy sí estoy aquí, aunque sea por última vez. Vuelvo a abrazarme las rodillas y a esconder la cabeza entre ellas, mientras cierro fuerte los ojos a la vez que las lágrimas resbalan.
Y es entonces cuando alguien carraspea justo delante de mi, seguro que le estoy dificultando el trabajo a algún barrendero.
Abro los ojos… para encontrarlo a él. A él de verdad y no a ese borrón difuso que empezaba a quedar en mi cabeza. Porque delante de mi tengo a Ángelo, en el rostro del cual se extiende una sonrisa nada más cruzarse nuestros ojos. Esa sonrisa que me encanta, esa que he echado de menos cada segundo de mi tiempo en estos años. Su sonrisa.
Por la alegría del momento rodeo su cuello con mis brazos con ímpetu, haciendo que los dos rodemos por el césped mojado, pero para de llover, porque ya no hay razón.
-¡Ángelo!-encuentro mi voz extraña mientras sonrío, y me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no la escuchaba alegre.
-Si que has tardado en cumplir tu promesa…-me dice, depositando sus labios en los míos. Cuando se separa yo estoy llorando por la alegría más inmensa del mundo.
-Creí que no te vería más, creí que ya no vendrías nunca más a este sitio.-le digo mientras me acurruco en su pecho.
-Y no pensaba hacerlo, hace mucho tiempo que perdí la esperanza de que volvieras. Pero este pueblo es jodidamente pequeño y al parecer a tu madre no le costó más de una docena de llamadas dar con mi familia. Una suerte que me llame Ángelo de verdad.
-¿Mamá?
-Dijo que al parecer tu dijiste que ella no podía hacer nada.-me dice sonriendo.
-Tendré que hablar seriamente con ella cuando vuelva a casa.-y le vuelvo a abrazar y volvemos a rodar.-Creí que ya no me recordabas… que te habías olvidado de mí.
-Parece que no lo entiendes, Ángela. –me dice mientras clava sus ojos en los míos y una sonrisa le cruza por el rostro.-Hace ya tres años, una desconocida se sentó a mi lado en un banco y habló conmigo ¡vete tú a saber por qué! Y desde ese momento, ya nunca más me la pude sacar de la cabeza.-él también llora.-Además,-añade.-le hice una promesa, le prometí que yo siempre la estaría esperando.
Cada uno recuerda un amor con más cariño que el resto. Yo recuerdo este, lo recuerdo y lo sigo viviendo. Porque este es el final de mi historia, pero no de la nuestra.

FIN

Desconocidos - Y la vida siguió...


...como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.








Todo el mundo habla de los amores de verano. Esos mueren, aunque siempre se recuerden, cuando el verano lo hace, pero ¿qué pasa con los amores de invierno? Estos no mueren nunca, permanecen congelados en el momento en el que quedaron, haciéndote el mismo daño que te hacían. Esos que se ven obligados a terminar sin que ninguna de las dos partes quieran que así sea. Nadie habla de estos amores, yo no hablo de este amor.
¿Alguna vez habéis sentido ese tipo de amor con el que te sientes completa y feliz? ¿Ese que hace que te levantes y seas feliz porque lo que tienes con esa persona supera tus propios sueños? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestro corazón se quedaba al lado de esa persona para siempre y os quitaba la posibilidad de querer a nadie más?
Un amor tan fuerte que superaría cualquier barrera, se piensa… pero luego una simple mudanza es suficiente para que todo termine.
Aunque en realidad no termina. Nunca ha terminado y los dos lo sabíamos cuando nos dimos el último abrazo y el último beso en aquel parque.
Este tipo de amor no puede terminar, porque como ya he dicho, mi corazón sigue allí con él, esperando a que yo vuelva. Y esto me hace recordar cuál fue mi última palabra, mi última promesa, antes de salir corriendo.
-Volveré.-le dije en aquel momento, y aún continúa en pie, aunque haya pasado el tiempo tanto como para que me haya podido olvidar. Y aún me duela cada latido que tiene que dar mi corazón sin que él esté.
Hoy vuelvo, al fin vuelvo a casa. Después de… ¿dos? No, tres años. Tres años se dicen pronto, pero vivirlos es otra historia. Creo que estos años no he conseguido sonreír ni una sola vez, al menos no por algo referente a mí. Todas y cada una de mis sonrisas han sido por mamá, porque ella estaba cumpliendo su sueño por fin y era tremendamente feliz. Pero no hemos vuelto a casa, papá ha venido aquí en vacaciones. Nosotras no hemos ido allí. Y eso me duele cada día más.
Dicen que el tiempo es lo único que nos ayuda a olvidar aquello que nos hace daño.
Pero eso no es verdad, al menos no en mi caso. Cada día que ha pasado se ha clavado en mi cor… bueno, no ha podido clavarse en mi corazón, puesto que su sitio ahora está vacío, así que en verdad se clava en el espacio donde debería de estar.
Hace un par de días que mamá ha tenido tiempo para darse cuenta que debajo de mis sonrisas no había alegría, que yo no era feliz. En realidad este tema ha salido muchas veces en estos tres años, pero yo siempre he contestado con un simple “no es nada” y por más que intentaba no era capaz de sacar nada más.
Pero ayer exploté y acabé contándole todo lo que me pasaba, acabé hablándole de Ángelo aunque procuraba no pensar en su nombre porque así solo conseguía acabar más hundida.
Nada más terminar de contárselo a mamá, ella me abrazó y me dijo, bueno, me exigió que volviese a casa, me dijo que ya había hecho suficiente por ella, y que ahora era mi turno para ser feliz.
Siempre he permanecido aquí porque era lo que mamá quería, pero cuando me dijo eso fue como una… liberación. Era libre de volver con Ángelo. De encontrarlo y de seguir las cosas como las dejamos, siempre y cuando me siga recordando.
Hoy voy a coger un avión para volver a casa. Para volver a Ángelo.
Hoy voy a intentar recomponer lo que se rompió hace tres años, lo que yo rompí.
Hoy al fin volveré, tal y como prometí.
Tarde, pero en el fondo, vuelvo, y espero que él siga ahí, porque si no está habré perdido el sueño de mi vida para siempre. O lo que es peor, habré perdido algo más importante. Habré perdido la capacidad de amar, porque mi corazón se quedó allí con él, y aún no sé cómo estará cuando vuelva.
Tal vez esté roto y pisoteado, tal vez yo no sea ya importante para él de la forma en la que él lo es para mí.
Igual ya es tarde. Y él cree que yo no cumpliré nunca mi promesa, que nunca volveré.
Me duele el vacío de una forma exagerada. Mi respiración se entrecorta ante la idea de su ausencia. Mis ojos se llenan de lágrimas negándose a cualquier cosa que no sea verlo.
Y yo me niego a cualquier cosa que no sea verlo.
Porque últimamente, aunque he estado luchando todo este tiempo contra pronunciar su nombre con el fin de que fuese menos doloroso, mi mente solo es capaz de repetir una y otra vez una palabra:
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.

Desconocidos - Día 105


Y así pasan los días, y las semanas, e incluso los meses. Se ha instalado mi propia y deliciosa rutina. Tres meses hace ya del momento de la barca. Tres maravillosos meses en los que he sido más feliz que en toda mi vida. En los que me han sobrado razones para sonreír. En los que él siempre ha estado ahí.
Tres míseros meses.
Eso es todo lo que hemos tenido, porque hoy vengo a decirle eso que debería de haberle dicho hace dos semanas y que no le he dicho aún:
Nos mudamos.
Se me hace un nudo en la garganta solo de pensarlo.
Me voy. Mañana por la mañana cogeré un avión y me marcharé. Y no sé si regresaré o no. Pero sobretodo, no sé si lo volveré a ver. Se me encoge el corazón tan solo de pensarlo.
Os preguntaréis porque nos vamos ahora, y os sorprenderá saber que tuve la oportunidad de quedarme y dije que no.
Mi madre se casó muy joven, tal vez demasiado. Desechó todos sus sueños de ser artista por mi padre, y se le daba bien, de verdad. Lleva años sacrificando sus deseos por mí y por papá, y por eso mismo discuten más que hablan.
Hace aproximadamente dos semanas y media, llamaron a mamá diciéndole que le habían concedido la beca que ella había pedido. Le daban la oportunidad de cumplir su sueño. Y yo me alegré muchísimo por ella, mamá se lo merece. Lo que no pensé fue en las consecuencias de este casi insignificante hecho.
La beca era en la otra punta del país, y mamá tendría que instalarse allí, papá no iría, tenía su trabajo aquí y no podía dejarlo así como así, pero mi caso era diferente. Mamá me pidió, bueno, casi me suplicó que fuese con ella, que era importante para ella y que me necesitaba a su lado.
Y yo, como os habréis imaginado ya, acepté. Acepté irme de aquí, aún cuando el corazón me palpitaba dolorosamente ante la idea de lo que ello supondría.
Decirle adiós a Ángelo. Estaba renunciando a lo más importante que tenía ahora para que mi madre cumpliese sus sueños, pero era justo, ella había hecho lo mismo por mí.
No le he dicho nada de Ángelo, si lo hiciese me diría que me quedase aquí y yo no quiero fallarle cuando sé que me necesita. Tampoco se lo he dicho a él, todo me lo he guardado yo, y solo lo he dejado salir cuando he estado sola.
Pero hoy tengo que decirle adiós a Ángelo. Ya no puedo retrasarlo por más tiempo, mañana por la mañana tomaré el avión que llevará a mi madre a su sueño y a mí me alejará del mío.
Me he acercado tratando de parecer feliz, él ya me estaba esperando, como cada tarde en estos maravillosos tres meses. Se ha levantado cuando he llegado y yo le he sonreído, pero para nada era una sonrisa alegre, se ha detenido antes de besarme, notándolo.
-¿Qué pasa?-me pregunta preocupado. Y se me encoge aún más el corazón, casi podría jurar que está aullando de dolor. Una salada y cálida lágrima rueda por mi mejilla, y él se acerca a secarla.- ¿Ángela?
-Me voy.-le digo, y aún siendo solo dos palabras, la voz se me quiebra varias veces.
-¿Dónde? ¿Por qué?- me pregunta desconcertado. Nos sentamos en el banco y le explico lo que pasa con mamá, su cara se va volviendo más y más seria mientras hablo. Me coge una mano que aprieta con fuerza.-No puedes irte…
-No quiero irme.-le digo, y es verdad aunque yo misma sea quien ha decidido hacerlo.-Pero tengo que hacerlo.
-Pero no es justo.-dice a la vez que una lágrima solitaria le resbala por la mejilla. No soporto verle llorar.
-No para nosotros.-le digo.-Pero es lo justo para mi madre. Me desgarro el corazón solo de pensar en que me voy, en que no te veré más hasta Dios sabe cuándo. No quiero ni imaginar cómo será estar sin ti. Nuestro mundo perfecto se hunde en el caos, se va a pique.
-¿Qué haré sin ti?
-Vivir. Lo que has hecho hasta hace tres meses. Vivir por los dos como yo intentaré hacer.-le contesto, recostándome en su pecho.
-Pero algo podremos hacer…-niego con la cabeza y me vuelvo a incorporar.
-No quiero pasar mi último día aquí llorando, Ángelo. Quiero hacer algo contigo, algo feliz, algo que haga que la despedida sea más… menos dolorosa.-le digo.
-Di lo que quieras hacer y lo haremos. Cualquier cosa. Si quieres volar, buscaré la forma de que lo hagamos. Y si quieres ver cualquier cosa en cualquier parte del mundo te llevaré hasta ella. Solo dime qué quieres y lo haré.-me dice, mientras más lágrimas caen por sus ojos.
-Lo primero que quiero es que no llores.-alzo la mano y limpio sus lágrimas, como él ha hecho conmigo mil veces.-Y me basta con que estés aquí y pueda abrazarte.
Me pasa un brazo por los hombros y me recuesta en su pecho, me acaricia el pelo mientras yo jugueteo con uno de los cordones de su sudadera.
-¿Quieres saber algo curioso?-me pregunta al cabo de lo que a mí me parecen minutos, pero por el cielo parecen más bien horas.
-Claro.
-Me llamo Ángelo.-me dice, sonriendo a la vez que un par de lágrimas caen. Yo me separo de su pecho para mirarlo, mientras mi corazón se va consumiendo un poco más.
-¿Quieres saber tú algo?
-Por supuesto.
-Me llamo Ángela.-le digo llorando y riendo.

Desconocidos - Día 12


Hoy voy feliz hasta el parque, como para no estarlo. Solo he podido pensar en lo que pasó ayer y aún me cuesta terminar de creerlo. Ya no llueve, es como si el tiempo fuese acorde con mi estado de ánimo. Ha estado lloviendo todo el tiempo que yo he estado llorando, pero ahora que sonrío el sol vuelve a salir.
Y justo allí está mi propio sol, sentado en el banco y con los ojos clavados en el sitio por donde yo tengo que aparecer. Una gran sonrisa decora su cara al verme, la mía le responde igual, y mi corazón se acelera al volverlo a tener delante.
-Hola Ángelo.-le saludo, sin poder evitar una risa.
-Ángela.-dice él a forma de saludo, levantándose del banco y acercándose a mí. Vuelve a besarme, como el día anterior, y mi corazón se acelera, puesto que aún no termina de acostumbrarse y creo que nunca lo hará.
-¿Qué hacemos hoy?-le pregunto cómo puedo cuando se separa.
-Se me había ocurrido que podríamos dar un paseo en barca por el lago.-me contesta, sin perder esa sonrisa tan encantadora que tiene. A mí la idea de un paseo en barca no me termina de convencer, que sí, que es bonito y todo eso, pero siendo como soy acabaré metida en el lago y calada hasta los huesos, y no quiero ni imaginarme la temperatura del agua.
-Bueno.-acabo accediendo. Es una buena idea, eso no puedo negarlo.
Coge mi mano con la suya y mi respiración se vuelve a acelerar, nos dirigimos así hasta la caseta donde alquilan las barquitas, cogidos de la mano y con una sonrisa permanente en el rostro.
Apenas un rato después ya estamos en la barca, él a un lado con los remos y yo al otro, tan quieta como puedo y con miedo de que vuelque si me moviese un poco, creo que él lo nota porque se echa a reír. Cuando ya estamos lejos de la orilla, suelta los remos y se pone de pie. No puedo evitar ponerle mala cara ante el miedo de que la barca vuelque. Me tiende una mano, mientras se ríe.
-Vamos.-me dice, y yo niego enérgicamente con la cabeza. No pienso ponerme de pie.- ¡Venga!
-Estoy muy cómoda seca y lejos de esa agua helada, gracias.-le contesto.
-No te caerás.-me dice, agachándose un poco hacía mí.
-Sí lo haré.-le contesto, cruzándome de brazos.
-Bueno, si lo hicieses sería una experiencia interesante.
-Interesante y fría.-le contesto, pero él sigue insistiendo y tiende la otra mano hacia mí. Le echo una mala mirada, pero al final acabo levantándome y cogiendo sus manos. De un suave tirón me coloca en su pecho y yo me abrazo a él, que ahora mismo es lo único que no se tambalea. Siento la vibración de su pecho al reírse, de mí, claro. Coloca sus labios en mi coronilla y me besa y yo pierdo un poco el miedo, un poco solo.
-¿Ves? No ha pasado nada.-me dice, mientras me separo de él. Doy un paso atrás y él otro, la barca pierde la poca estabilidad que le quedaba y yo me precipito al agua, agarrándome a lo primero que pillo. A su chaqueta.
El lago no es profundo, apenas nos llega a la cintura, pero con la caída acabamos igualmente empapados.
-Nada de nada.-le digo mientras ando hasta la barca. Él llega antes y se sube, para ayudarme a subir a mí.
Helada es poco para cómo está el agua. Cuando logro subir con su ayuda ambos caemos tumbados en la barca, él se echa a reír y yo, a regañadientes, también.
Me pasa un brazo por los hombros y me acurruca en su pecho, donde casi ni siento frío.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-La que quieras.-le contesto casi instantáneamente.
-¿Por qué me llamaste Ángelo?-me pregunta, y noto su corazón acelerado.
Sonrío, aunque él no pueda verlo. Levanto un poco la cabeza para mirarlo.
-Bueno, desde el primer momento en el que me hablaste me acostumbré a verte como mi propio sol… eras un ser de luz que había venido a sacarme de las tinieblas. Ángelo era el mejor nombre que podías tener, puesto que eres mi ángel.-lo he dicho y aún no sé ni cómo no me he puesto roja.-Vaya,-añado.-sonaba mejor en mi cabeza, ahora es muy… cursi.
Se echa a reír y me acaricia la mejilla.
-No es cursi. Es lo más bonito que me han dicho nunca.-sonrío.
-¿Y porqué tú me llamaste Ángela?-le pregunto, puesto que ha despertado mi curiosidad.
-Bueno, yo también acostumbraba a pensar en ti como mi propio ángel. Me hizo gracia cuando me llamaste Ángelo, porque desde que te dije que nos pusiésemos nombres falsos yo tenía claro cuál sería el tuyo. Pero en realidad, cuando me llamaste Ángelo, tuve otra razón de peso para que tú tuvieras que ser Ángela.-me explica, sonriendo mientras habla.
-¿Cuál?-le pregunto intrigada.
-A ver… si yo era Ángelo tú tenías que ser Ángela. No había más alternativa. Es como… no sé. Si tu fueses un… ratón, yo sería un ratón, y si fueses una rana, yo sería una rana. Yo siempre seré lo que tú seas.
-Y yo lo que seas tú.-soy tonta y esa simple explicación ha servido para emocionarme. Me abrazo fuerte a su pecho mientras los dos permanecemos empapados por la caída y tumbados en la barca.

Desconocidos - Día 11


Lleva toda una semana lloviendo. Una semana entera. El mismo tiempo que llevo yo viniendo al dichoso banco de siempre sin encontrarlo. Me paso aquí horas y horas y nunca aparece. ¿Porqué? Me pidió una respuesta y yo vengo dispuesta a dársela, pero él no está. Nunca está.
Quiero verle, lo necesito. Necesito mirarle a los ojos y decir lo que yo misma siento. Pero sobretodo necesito mirarlo y saber que no era una broma. Por mucho que me resista a que sea verdad, no puede ser una broma. Sería una broma demasiado cruel.
Pero no puedo hacer nada de esto si él no decide aparecer.
¿Y si ha tenido la estúpida idea de que yo diría que no quiero verle más?
¿Y si piensa que siendo mi amigo me haría daño?
¿Y si nunca más vuelve, pensando que es lo mejor?
No, no puede hacer eso, me destrozaría el corazón de una forma muy cruel.
Hoy hace una semana justa de aquel día en el que se fue, dejándome sola y confusa bajo la lluvia. Sigo bajo la lluvia, igual que ese día, y sigo sola, como cuando se fue. Pero yo ya no estoy confusa. Necesito verlo.
Hoy si llevo paraguas, pero prefiero que el agua me dé en la cara y me ayude a pensar mejor. A sobrellevar el hecho de que el no está y puede que nunca más vuelva.
Tengo el corazón encogido y me duele, oh sí, me duele terriblemente.
He esperado suficiente, he aguantado toda una semana las lágrimas que luchaban por salir, con la esperanza de que él volviese. Pero no lo ha hecho así que yo ya no me veo en la obligación de aguantarme.
Las lágrimas se mezclan con la lluvia, saladas y heladas al caer por mi rostro. Me siento en el banco, me da igual mojarme, nada puede ser peor que la situación en la que me encuentro ahora mismo. Cierro los ojos para no ver nada de lo que me rodea, para intentar engañar a mi corazón y decirle que él sí está ahí. Que no me ha abandonado. Pero no está, yo lo sé y mi corazón también.
-Vas a acabar con un resfriado de los grandes.-una voz triste y apagada suena a mi lado, la reconozco, por supuesto, la reconocería en cualquier lugar y en cualquier momento. Es él. Inspiro e espiro varias veces, intentando calmar la furia que se adueña de mí ahora que lo tengo delante.
-Has aparecido.-trato de sonar tranquila, pero un deje de enfado se refleja en mi voz.
-En realidad no iba a venir.-confirma él, que mantiene la mirada en el horizonte. Yo lo miro apenas un segundo y me levanto indignada.
-Pues no sé qué haces aquí.-me estoy comportando de una forma tremendamente infantil, pero no puedo evitar que la furia por no haber dado señales de vida en toda una semana se refleje en nuestra conversación ahora que al fin lo tengo delante. Me dispongo a irme, pero él me coge del brazo. Y me obliga a mirarle.
-No iba a venir, soy un cobarde y tenía miedo de tu respuesta. Pero prefiero enfrentarme al miedo y verte, que no verte nunca más.-me dice.
-Me pediste una respuesta… ¡y ni siquiera has sido capaz de venir a escucharla!-le grité. Estaba lloviendo, no había nadie en el parque, solo nosotros, así que nadie se inmiscuiría en esto.
-¡Tenía miedo de que dijeses que no y nunca más pudiese verte!
-¡Eres un cobarde!-lloro mientras le golpeo el pecho con ambas manos, y él no me detiene, solo agacha la cabeza.-Te quedaste escondido con tu miedo y mientras… ¿qué pasa conmigo? ¿No importo?
-Eres lo único que importa.
-¡Pues no lo parece! He venido aquí todos los días y he estado horas bajo la lluvia esperando a que vinieses. ¡Una semana! Toda una semana en la que mi corazón se ha ido resquebrajando hasta quedar completamente roto ante la idea de que no volvieras, de no verte nunca más. Una semana en la que no he sonreído ni una sola vez porque ya no me quedaban razones para hacerlo. ¡Eres un cobarde y un egoísta! Me dijiste lo que sentías, pero después no te has hecho cargo de lo que yo siento.-no paro de golpearle el pecho mientras las lágrimas resbalan.- ¿Sabes cómo me he sentido ante la idea de perderte?
-No quería que sufrieras, pensé que al no venir lo estaba facilitando todo.-me dice, y veo como una lágrima resbala por su mejilla.
-¿Y crees que no viniendo ibas a conseguir que te olvidase? ¿Crees que así no sufriría?
-Creí que sería lo mejor.
-¡Yo te diré que era lo mejor! ¡Lo mejor hubiese sido que hubieses venido al día siguiente y que yo pudiese haber sido justa contigo! ¡Lo mejor hubiese sido que hubieses venido para decirte que te quiero! Pero en lugar de eso has desaparecido hasta que el miedo ha quedado relegado a un segundo plano, hasta que me has necesitado. ¡Y yo te he estado necesitando todo este tiempo! No es justo que yo esté cuando tú me necesitas y tu no cuando yo te he necesitado. ¡Eso no es justo!
Sonríe. Vuelve a sonreír con una alegría que se refleja incluso más en sus ojos que en sus labios.
-¿Has dicho que me… qué me quieres?
-¡Claro que te quiero, idiota!
-Me… ¡me quieres!-vuelve a decir, con la misma alegría de antes. Me toma de las manos y me hace girar con él bajo la lluvia. A mí esto me ha pillado desprevenida y me olvido de la rabia mientras giramos, me dejo llevar por su alegría y la comparto, por supuesto.- ¿No es perfecto el mundo?
Me río con él, nos reímos los dos de los malos momentos que hemos pasado, porque ahora estamos juntos, porque todo hasta ahora no ha sido sino para prepararnos para este momento. Soy feliz, ya no siento rabia, ¿cómo sentirla si el chico al que quiero baila de alegría al saberlo? Una sonrisa se instala en mi cara y se niega a marcharse, la sonrisa que no he podido sacar en esta semana sin él ha vuelto, con contrato de permanencia.
-Ahora sí lo es.-le contesto. Él se para y me atrae hasta su pecho, abrazándome. Me vuelvo a olvidar de respirar, como siempre. Hay cosas más importantes en las que pensar que en respirar. En él, por ejemplo. Me mira, sonriendo tanto como yo, y me coloca un mechón suelto y mojado del pelo detrás de la oreja, aunque deja su mano allí, en mi mejilla. Yo me siento mareada y me doy cuenta de que es porque aún no he respirado. Tomo aire en grandes dosis, las que necesito, a la vez que mi corazón palpita tan fuerte que creo que se escucha por encima de la lluvia. La última vez que estuvimos en una situación similar ninguno de los dos sabía lo que el otro sentía.
Ahora todo es diferente, muy diferente. Deliciosamente diferente. Mi corazón y mi respiración ahora tienen más motivos para acelerarse, entre ellas la cercanía y la certeza de que él me quiere, igual que yo. Me quiere… aún no me lo termino de creer, pero está ahí, delante de mí y sé perfectamente que es la verdad. Me quiere. Me quiere. Me quiere.
Esa certeza me encoge el corazón y me lleva lágrimas a los ojos.
-¿Estás llorando?-me pregunta, casi preocupado. Yo me echo a reír a la vez que se me caen las lágrimas. Asiento con la cabeza.- ¿Porqué?
-Porque todo es demasiado perfecto.-me abrazo a él mientras sigo riéndome y llorando, y él me aprieta contra él, haciendo que mi corazón se acelere aún más. Noto su corazón tan acelerado como el mío y eso me hace feliz. Me separa un poco de él y coloca una mano en mi barbilla para que lo mire, y yo lo miro, por supuesto, nada me parece tan interesante en ese momento como mirarlo.
-Pues no llores por eso, tonta.-me dice, mientras que con la otra mano me limpia las lágrimas.-No llores por tener nuestro pequeño mundo perfecto en mitad de tanto caos.
-Prometido.-le digo, sin apartar los ojos de los suyos. Él coloca su frente sobre la mía, y casi siento su aliento en mi cara, me siento casi a punto de empezar a hiperventilar. El sonríe ante el sonido y la rapidez de mis latidos y poco a poco se va a cercando a mí. Y yo permanezco donde estoy, tratando de normalizar mi respiración antes de que sea demasiado tarde.
Coloca sus labios sobre los míos y ya no me siento a punto de hiperventilar, simplemente no puedo pensar en otra cosa que en él, tengo la impresión de que cuando se separe mi corazón se parará, para intentar recuperar el aliento después de tantos latidos, pero en ese momento no me importa, si yo tuviese que morir ahora no me importaría después de este momento.
Cuando se separa de mí, aún sonriendo, creo que me voy a caer. Me tiemblan las piernas y apenas puedo mantenerme en pie. Él me coge por los codos, para salvarme de la caída, y me sienta en el banco. Se echa a reír y yo también, aunque mi risa suena casi histérica. Me ha besado, es otra certeza, como la de que me quiere.
-No pensé que te afectaría tanto.-me dice, pasando un brazo por mis hombros y haciendo que me apoye en su pecho. Ha dejado de llover, aunque no podría decir cuando. Me río de nuevo.
-Ha sido…
-mágico.-termina él mi frase, y me alegro, no habría encontrado palabra mejor.- ¿No te parece curioso?
No estoy para adivinanzas, a mi cerebro aún le cuesta hacer frases con un mínimo de sentido como para que tenga que pensar ahora.
-¿El qué?
-Esto. Míranos. Estamos colados el uno por el otro y aún no sabemos ni como nos llamamos.-me dice. Yo me pongo tensa y él debe de notarlo debajo de su brazo. Me separa de él y me ve con el ceño fruncido. Veo la incomprensión en su cara, cosa más que lógica.- ¿Qué pasa?
-No quiero poner nombres. Poner nombres nunca es bueno, se pierde la… magia. Yo me he enamorado de ti, no del nombre que tienes. No quiero saber tu nombre, al menos no aún. Mantengamos esto como está ahora mismo.-si saliese mal, es más fácil olvidar aquello que no se conoce, ¿no? Soy cobarde, ya os lo he dicho.
-Entiendo.-parece pensativo durante unos segundos.-Pero de alguna forma tendremos que llamarnos…
-Pongámonos nombres falsos.-me dice, sonriendo, parece que se divierte.-Ponme tu uno.
Pienso durante unos minutos, mirándole.
-Ángelo.
-Bonito nombre.
-Ahora tú a mí.
-Ángela.-nos echamos a reír.
-Me gusta.-le contesto, divertida ante nuestros nombres.
-Encantado, Ángela.
-Encantada, Ángelo.

Desconocidos - Día 04


Está lloviendo, lleva lloviendo prácticamente desde que salí de casa. Encima es la típica lluvia que por mucho paraguas que lleves te acaba empapando. Bueno, ya he dicho que me gusta el frío, ¿no? Un poco de agua helada seguro que le sienta bien a mi cabeza.
He salido de casa sin que nadie se diese cuenta, y sin paraguas, pensando que el aspecto ennegrecido de las nubes no llegaría a tener consecuencias. Obviamente, me he equivocado.
Me sienta bien el agua, aunque la niebla que la acompaña no ayuda mucho a mi visión. El pelo mojado se me pega en la cara y tengo frío.
No sé si espero encontrarle o no, con el tiempo que hace, sería ilógico pensar que estará en el banco sentado, esperándome. Tiene que estar, ayer me prometió contarme lo que no me quiso contar en ese momento, me debe una explicación.
Llego a la esquina de siempre, en la que me detengo a pensar que aún estoy a tiempo de dar la vuelta y olvidarme del asunto.
En realidad, sé que no puedo, ya es demasiado tarde, no podría irme y olvidarlo como si nunca hubiese existido, o como si yo nunca hubiese sentido lo que siento.
Suspiro, como siempre que llego a ese punto y ando casi a ciegas viendo solo lo que hay un metro más allá de donde estoy, debido a la niebla.
No veo absolutamente nada, no se escucha nada excepto el sonido de la lluvia al caer y el de mi propio corazón, que está alterado ante el inminente encuentro.
Llego hasta el banco, nuestro banco, por así decirlo, pero obviamente, como yo ya esperaba y como era más que evidente, no está esperándome ahí sentado.
Vuelvo a suspirar y pongo mala cara.
De pronto deja de llover. Bueno, en realidad yo dejo de mojarme, porque veo y escucho perfectamente como a un palmo de mi la lluvia sigue cayendo.
-Como sigas utilizando tanto esa expresión acabará tatuada en tu cara.-está a mi lado. Me giro lentamente hasta quedarnos frente a frente. Está muy cerca, solo así entraríamos los dos debajo de su paraguas. Está sonriendo, como siempre, con esa sonrisa tan característica suya, esa que me encanta. Yo sonrió, sin poderlo evitar.
-Pues procura que no tenga que ponerla más.-le contesto. Hoy no hablamos en voz baja, como normalmente. Hoy estamos solos y nadie nos puede escuchar con el ruido de la lluvia. Me atrevería a decir que ni siquiera nos verían con la dichosa niebla.
-Vas a pillar un catarro, ¿se puede saber porque no tienes paraguas?-me pregunta.
-Ya no lo necesito, ¿no?-le digo, mirando de soslayo el paraguas que nos guarece de la lluvia. Él se ríe y, claro, yo con él.
-En eso tienes razón. ¿Quieres dar un paseo?-me propone. Acepto, cosa que seguro no os sorprenderá…
Empieza a andar y yo intento mantenerme a su lado, bajo el cobijo del paraguas, aunque no lo logro del todo y la parte de atrás de mi cabeza se moja un poco. Él parece darse cuenta, porque me pasa un brazo por los hombros y me obliga (bueno, obliga no, obligarme sería si yo no quisiese estar allí, pero sabéis que no es el caso) a mantenerme pegada a su cuerpo y a salvo.
Clavo los ojos en el suelo, roja como un tomate y con la respiración agitada.
Andamos. Desde luego, nunca me he alegrado tanto de no llevar un paraguas propio. Ya he perdido la noción del tiempo, aunque estoy segura de que hemos batido el record que teníamos juntos. Me atrevo a mirarlo para encontrarlo mirando al horizonte y sin parecer consciente de que yo sigo allí. Me aclaro la garganta, en un intento de llamar su atención y funciona. Me mira y sonríe.
-Creo…-empiezo a decir justo en el momento en que una ráfaga de aire que nos pilla desprevenidos a los dos, nos revuelve el cabello y hace que el paraguas salga volando. No vemos su trayectoria por mucho rato, desparece en la niebla, por donde debería de verse el cielo.
-¡Oh!-exclama él simplemente, aunque no me suelta, cosa que yo agradezco. Mira fijamente el lugar por donde el paraguas ha desaparecido, pero por menos de un segundo, después clava los ojos en mí, que aún lo miro a él, pues me resulta mucho más interesante que un paraguas prófugo.- ¿Decías?
Las gotas de agua ruedan por su cara, y el pelo le cae mojado sobre los ojos, pero sigue sonriendo, ahora parece que incluso más.
-Decía-continúo, acordándome de respirar.-que me debes una explicación.
-Ah, sí.-de pronto se pone serio y se separa de mí. No debería de haberle dicho nada, prefería la curiosidad a la falta de contacto.-Te prometí que lo haría y lo voy a hacer.
Sonríe, pero no es una sonrisa feliz.
-¿Qué pasa?-le pregunto, preocupada. Me toma la mano, como la tarde anterior y yo respiro aliviada. No puede ser tan malo.
-Esto pasa.-dice alzando nuestras manos unidas. Yo no lo entiendo, y miro nuestras manos, buscando una explicación. Él se ríe, supongo que ante la expresión de incomprensión de mi cara, pero sigue sin ser una risa alegre.-No lo entiendes, claro.
-Pues no.-contesto sinceramente, alejando mis ojos de nuestras manos y mirándolo a él.- ¿Qué es exactamente lo que pasa con esto?
Miro significativamente las manos y después de nuevo a él, que mantiene los ojos clavados en ellas. Suspira y deja caer nuestras manos, deshaciendo el lazo que las unía. Se cruza de brazos y frunce el ceño. Parece contrariado y yo mientras no puedo hacer nada que no sea mirarlo. Puede que al final sí que sea grave.
-Verás…-su voz suena casi dolida y sus ojos andan fijos en el suelo. Le cuesta hablar, según me parece a mí.-Creo que no es buena idea seguir con esto.
Lo suelta todo del tirón, como si estuviese explotando. Y así lo siento yo, como una explosión que rompe unos cristales que salen disparados hasta mi corazón, clavándose en él en forma de palabras. Las lágrimas se amontonan en mis ojos. Algo más frío que la lluvia que nos está calando resbala por mi espalda. No puedo respirar, como si me hubiesen dado un golpe en un sitio clave. El vacío que sentí ayer ha vuelto, pero no está vacío, está lleno de un dolor casi insoportable ante la idea de perderlo, de perderlo para siempre.
Sí, ya sé que he dicho miles de veces que era lo mejor, pero ¡qué coño!, me da igual que sea lo mejor, me da igual que pueda hacerme daño, o que no me convenga, solo me importa él y tener la oportunidad de estar a su lado, de seguir compartiendo esos minutos que ahora me parecen tan lejanos y tan borrosos. De tener recuerdos juntos. De ser feliz.
Feliz…ayer era tremendamente feliz y sin embargo hoy estoy jodidamente hundida. Las lágrimas vuelven a rodar por mis mejillas y se mezclan con la lluvia que cae incesante sobre nosotros.
Siento que me ahogo y todo lo que hay a mi alrededor se vuelve borroso, veo como se aproxima el suelo a mi cara. Eso me pasa por no respirar, no es bueno, no sé si lo sabéis…
Antes de llegar a tocar el suelo siquiera, él me agarra y me mira preocupado, bueno, yo creo que es preocupación, aunque ya no sé qué pensar.
-¿Estás bien?-mi vista al fin se vuelve un poco nítida y consigo centrar su cara, que está a un palmo de la mía. Definitivamente, parece preocupado.
-Sí, ha sido cosa de la lluvia, seguro, tengo mucho frío.-miento más que hablo. En realidad puede colar, dado el hecho de que los dientes me castañean y el cuerpo entero me tiembla. Aunque no es por el frío, claro. Intento acompasar mi respiración y que se me pasen un poco las ganas de vomitar que tengo. Y más o menos, mantengo el control.
-¡Qué susto! Pensé que había sido cosa mía.-me contesta, volviendo a ponerme derecha, aunque me tiemblan las piernas y no sé si podré estar de pie. Me apoyo en la pared que hay al lado, aunque él me tiende una mano para ayudarme. No pienso aceptarla, no, cuanto antes se termine esto, mejor. Tendré que cortar por lo sano.
Mi corazón tiembla ante semejante locura. Cortar por lo sano… ya no hay nada sano en esto.
-Tranquilo.-le contesto, tratando de recobrar la compostura y también la dignidad, para que engañarnos. Sigue pareciendo preocupado, bueno, la verdad es que debo de tener un aspecto horrible después de ese casi-desmayo. Trato de dibujar una expresión despreocupada que no sé si consigo.-Bueno, y ¿porqué exactamente no es bueno seguir con nuestra amistad?
Intento parecer tranquila, de verdad que lo intento, pero una nota histérica decora mi tono, quitándole toda credibilidad.
-Bueno,-dice, en el mismo tono que antes. En realidad no quiero escucharlo, en realidad estoy pensando en echar a correr, y en si podría escaparme sin que él me siguiera. Debe de haberse dado cuenta de que yo no siento amistad por él. De que estoy loca, loca por él, claro, bueno, loca en general, no nos engañemos. No quiero escuchar su respuesta. No, no quiero en absoluto.-en realidad sí que me gustaría seguir siendo tu amigo.-“sí, pero yo la he cagado enamorándome de ti, lo entiendo” pienso en mi fuero interno. Todo esto es culpa mía, si no sintiese eso por él seguiríamos siendo amigos. Solo yo soy culpable del dolor de mi corazón.-me gusta hablar contigo, y me gusta cuando te sonrojas. Me gusta darte la mano porque me encuentro cómodo así. Me gusta mirarte a los ojos, y que tú me mires. Me podría pasar horas así y no me cansaría. Me gusta abrazarte y que me abraces, parece que así nada saldrá mal, y que si saliese mal, me daría igual. Me gusta cómo me siento cuando estoy a tu lado, porque solo estarlo ya hace que pueda sonreír más de lo que he sonreído en toda mi vida. Soy capaz de sonreír solo con saber que sonríes.-no entiendo a dónde quiere llegar con todo aquello, pero desde luego todo esto no le está haciendo ningún bien a mi corazón, que ahora mismo se retuerce agonizando. Permanezco serena, intento parecer serena y me cruzo de brazos, apretando fuerte, a ver si así el dolor remite.-Pero no tengo fuerzas para seguir siendo tu amigo.
-Lo entiendo.-en realidad, no lo entiendo.
-No, no lo entiendes.-dice, como si me leyese el pensamiento.
Lo miro con una expresión de completa incomprensión. Espero una explicación, es más, la exijo.
-Pues explícamelo.
-No tengo fuerzas para seguir siendo tu amigo y en realidad creo que nunca he querido serlo.-eso tan frío que me rodaba por la espalda no cesa, y hace que siga temblando violentamente. Nunca quiso ser mi amigo, claro, es lógico.
-Lo veo normal.-contesto, y me duele el corazón con cada nueva palabra de esta conversación.
-Pues yo no.-contesta, contrariado.-No debería de haberte ofrecido ser amigos, fue sumamente egoísta por mi parte.
-No tienes la culpa.-“solo yo la tengo”.
-Sí que la tengo. Soy feliz estando a tu lado y por eso te ofrecí ser amigos, porque así pasábamos más tiempo juntos. Es extremadamente fácil estar contigo. Demasiado.-no me mira, aunque yo a él sí. Necesito mirarle y no desaprovechar los pocos minutos que me quedan a su lado.-Pensé que podría ser tu amigo, quería utilizarte como mi sol particular. Ser tu mejor amigo. Pero no puedo seguir con esto cuando uno de los dos no siente solo amistad.
Lo sabía, desde el primer momento sabía que todo esto era culpa mía y ahora tengo la certeza, me la está dando él. No quiere ser amigo mío cuando yo no quiero que él sea solo mi amigo.
-Pero yo sí quiero ser tu amiga.-es humillante, pero ya que no puedo recuperar la dignidad que he perdido en estos días ¡al diablo! no puedo acabar más hundida en la miseria. Levanta los ojos y los clava en mí.
-Pero no es justo.-me dice, simplemente. Y claro que no lo es, no puede tener de mejor amiga a alguien que está jodidamente enamorada de él. No podría contarme todo lo que se supone le puedes contar a tu mejor amigo. No es justo en absoluto, ni para él ni para mí.
-Lo sé.-murmuro agachando la cabeza y mirándome los cordones de los zapatos. El fin se acerca.
-Pero no quiero hacerte daño.-continúa.-Eso es lo último que deseo, no podría vivir con eso.
-No me haces daño.-y en realidad, no le estoy mintiendo. El daño ya estaba hecho desde el momento en que acepté su amistad, el daño me lo había hecho yo.
-Yo puedo hacer el esfuerzo de ser tu amigo, de verdad que puedo si tú así lo quieres, si con eso eres feliz seré tu amigo y a mi manera también seré feliz, pero no como quisiera.-levanto los ojos de mis cordones para clavarlos en los suyos, que están preparados para este encuentro.
-No quiero que tengas que esforzarte para ser mi amigo. No quiero que te sientas en la obligación de hacer nada por mí.-le contesto, es lo justo.
-Pero no me esforzaría. Ya te he dicho que es fácil estar contigo, no me importaría tener que seguir siendo tu amigo eternamente, siempre que eso te haga feliz, porque así yo soy feliz. No me importa que ser tu amigo no sea exactamente lo que yo quiero, mientras que sea lo que tú quieres.-creo me estoy perdiendo algo, pero no sé qué.
-Pero no estarías cómodo siendo mi amigo, y yo no estaría cómoda al saber que no lo estás. Nos engañaríamos los dos y viviríamos una mentira.
-Pero una mentira feliz.
-Al parecer tu felicidad no está en ser mi amigo. No te voy a obligar. Si no quieres estar conmigo, no hace falta que estés.-le digo, y las lágrimas se vuelven a amontonar en mis ojos. Añado una frase más, tratando de convencerle.-No me harás daño, de verdad.
Estoy animándole a hacer aquello que me destrozará el corazón, soy consciente de ello, pero pedirle que se quedase sería injusto y egoísta por mi parte, y él no se merece eso.
-¿Qué no quiero estar contigo?-me pregunta, con una expresión extraña.- ¿Cómo se te puede siquiera pasar por la cabeza eso? ¡Estar contigo es lo único que quiero! Pensar en verte es lo que hace que los días se pasen más rápido hasta llegar a estos momentos. Verte es sonreír ¡Claro que quiero estar contigo!
Parece desconcertado y casi fuera de sí, pone los ojos en blanco y yo saco a relucir la más absoluta incomprensión.
-Creo que me estoy perdiendo algo.
-Te estás perdiendo mucho, pero es normal, tampoco te lo he dicho a la cara como para que debas saberlo, pero pensé que era más que evidente.-me contesta, yo lo miro, sin saber que quiere decir.-Lo que te estás perdiendo es que lo que yo no soporto es tener que ser solo tu amigo. No lo aguanto. No quiero ser tu amigo ni que tú seas mi amiga, yo quiero que seamos algo más.-de nuevo me siento mareada. No consigo centrar mis ojos para verle y saber que es una broma, me apoyo más en la pared, él hace el intento de acercarse, pero no llega a hacerlo.-Mira… piensa si quieres ser mi amiga aún sabiendo esto. Si dices que sí, lo seremos, y seremos felices, de verdad. Si dices que no lo entenderé perfectamente y al menos te habré dicho lo que siento.
Mi respiración está mucho más que acelerada y no consigo articular palabra, él parece preocupado, y se agacha, depositando sus labios mojados por la lluvia en mi frente, este contacto dura apenas un segundo antes de que él se vaya y yo me quede ahí, perdida bajo la lluvia y la niebla.