martes, 1 de noviembre de 2011

Desconocidos - Día 11


Lleva toda una semana lloviendo. Una semana entera. El mismo tiempo que llevo yo viniendo al dichoso banco de siempre sin encontrarlo. Me paso aquí horas y horas y nunca aparece. ¿Porqué? Me pidió una respuesta y yo vengo dispuesta a dársela, pero él no está. Nunca está.
Quiero verle, lo necesito. Necesito mirarle a los ojos y decir lo que yo misma siento. Pero sobretodo necesito mirarlo y saber que no era una broma. Por mucho que me resista a que sea verdad, no puede ser una broma. Sería una broma demasiado cruel.
Pero no puedo hacer nada de esto si él no decide aparecer.
¿Y si ha tenido la estúpida idea de que yo diría que no quiero verle más?
¿Y si piensa que siendo mi amigo me haría daño?
¿Y si nunca más vuelve, pensando que es lo mejor?
No, no puede hacer eso, me destrozaría el corazón de una forma muy cruel.
Hoy hace una semana justa de aquel día en el que se fue, dejándome sola y confusa bajo la lluvia. Sigo bajo la lluvia, igual que ese día, y sigo sola, como cuando se fue. Pero yo ya no estoy confusa. Necesito verlo.
Hoy si llevo paraguas, pero prefiero que el agua me dé en la cara y me ayude a pensar mejor. A sobrellevar el hecho de que el no está y puede que nunca más vuelva.
Tengo el corazón encogido y me duele, oh sí, me duele terriblemente.
He esperado suficiente, he aguantado toda una semana las lágrimas que luchaban por salir, con la esperanza de que él volviese. Pero no lo ha hecho así que yo ya no me veo en la obligación de aguantarme.
Las lágrimas se mezclan con la lluvia, saladas y heladas al caer por mi rostro. Me siento en el banco, me da igual mojarme, nada puede ser peor que la situación en la que me encuentro ahora mismo. Cierro los ojos para no ver nada de lo que me rodea, para intentar engañar a mi corazón y decirle que él sí está ahí. Que no me ha abandonado. Pero no está, yo lo sé y mi corazón también.
-Vas a acabar con un resfriado de los grandes.-una voz triste y apagada suena a mi lado, la reconozco, por supuesto, la reconocería en cualquier lugar y en cualquier momento. Es él. Inspiro e espiro varias veces, intentando calmar la furia que se adueña de mí ahora que lo tengo delante.
-Has aparecido.-trato de sonar tranquila, pero un deje de enfado se refleja en mi voz.
-En realidad no iba a venir.-confirma él, que mantiene la mirada en el horizonte. Yo lo miro apenas un segundo y me levanto indignada.
-Pues no sé qué haces aquí.-me estoy comportando de una forma tremendamente infantil, pero no puedo evitar que la furia por no haber dado señales de vida en toda una semana se refleje en nuestra conversación ahora que al fin lo tengo delante. Me dispongo a irme, pero él me coge del brazo. Y me obliga a mirarle.
-No iba a venir, soy un cobarde y tenía miedo de tu respuesta. Pero prefiero enfrentarme al miedo y verte, que no verte nunca más.-me dice.
-Me pediste una respuesta… ¡y ni siquiera has sido capaz de venir a escucharla!-le grité. Estaba lloviendo, no había nadie en el parque, solo nosotros, así que nadie se inmiscuiría en esto.
-¡Tenía miedo de que dijeses que no y nunca más pudiese verte!
-¡Eres un cobarde!-lloro mientras le golpeo el pecho con ambas manos, y él no me detiene, solo agacha la cabeza.-Te quedaste escondido con tu miedo y mientras… ¿qué pasa conmigo? ¿No importo?
-Eres lo único que importa.
-¡Pues no lo parece! He venido aquí todos los días y he estado horas bajo la lluvia esperando a que vinieses. ¡Una semana! Toda una semana en la que mi corazón se ha ido resquebrajando hasta quedar completamente roto ante la idea de que no volvieras, de no verte nunca más. Una semana en la que no he sonreído ni una sola vez porque ya no me quedaban razones para hacerlo. ¡Eres un cobarde y un egoísta! Me dijiste lo que sentías, pero después no te has hecho cargo de lo que yo siento.-no paro de golpearle el pecho mientras las lágrimas resbalan.- ¿Sabes cómo me he sentido ante la idea de perderte?
-No quería que sufrieras, pensé que al no venir lo estaba facilitando todo.-me dice, y veo como una lágrima resbala por su mejilla.
-¿Y crees que no viniendo ibas a conseguir que te olvidase? ¿Crees que así no sufriría?
-Creí que sería lo mejor.
-¡Yo te diré que era lo mejor! ¡Lo mejor hubiese sido que hubieses venido al día siguiente y que yo pudiese haber sido justa contigo! ¡Lo mejor hubiese sido que hubieses venido para decirte que te quiero! Pero en lugar de eso has desaparecido hasta que el miedo ha quedado relegado a un segundo plano, hasta que me has necesitado. ¡Y yo te he estado necesitando todo este tiempo! No es justo que yo esté cuando tú me necesitas y tu no cuando yo te he necesitado. ¡Eso no es justo!
Sonríe. Vuelve a sonreír con una alegría que se refleja incluso más en sus ojos que en sus labios.
-¿Has dicho que me… qué me quieres?
-¡Claro que te quiero, idiota!
-Me… ¡me quieres!-vuelve a decir, con la misma alegría de antes. Me toma de las manos y me hace girar con él bajo la lluvia. A mí esto me ha pillado desprevenida y me olvido de la rabia mientras giramos, me dejo llevar por su alegría y la comparto, por supuesto.- ¿No es perfecto el mundo?
Me río con él, nos reímos los dos de los malos momentos que hemos pasado, porque ahora estamos juntos, porque todo hasta ahora no ha sido sino para prepararnos para este momento. Soy feliz, ya no siento rabia, ¿cómo sentirla si el chico al que quiero baila de alegría al saberlo? Una sonrisa se instala en mi cara y se niega a marcharse, la sonrisa que no he podido sacar en esta semana sin él ha vuelto, con contrato de permanencia.
-Ahora sí lo es.-le contesto. Él se para y me atrae hasta su pecho, abrazándome. Me vuelvo a olvidar de respirar, como siempre. Hay cosas más importantes en las que pensar que en respirar. En él, por ejemplo. Me mira, sonriendo tanto como yo, y me coloca un mechón suelto y mojado del pelo detrás de la oreja, aunque deja su mano allí, en mi mejilla. Yo me siento mareada y me doy cuenta de que es porque aún no he respirado. Tomo aire en grandes dosis, las que necesito, a la vez que mi corazón palpita tan fuerte que creo que se escucha por encima de la lluvia. La última vez que estuvimos en una situación similar ninguno de los dos sabía lo que el otro sentía.
Ahora todo es diferente, muy diferente. Deliciosamente diferente. Mi corazón y mi respiración ahora tienen más motivos para acelerarse, entre ellas la cercanía y la certeza de que él me quiere, igual que yo. Me quiere… aún no me lo termino de creer, pero está ahí, delante de mí y sé perfectamente que es la verdad. Me quiere. Me quiere. Me quiere.
Esa certeza me encoge el corazón y me lleva lágrimas a los ojos.
-¿Estás llorando?-me pregunta, casi preocupado. Yo me echo a reír a la vez que se me caen las lágrimas. Asiento con la cabeza.- ¿Porqué?
-Porque todo es demasiado perfecto.-me abrazo a él mientras sigo riéndome y llorando, y él me aprieta contra él, haciendo que mi corazón se acelere aún más. Noto su corazón tan acelerado como el mío y eso me hace feliz. Me separa un poco de él y coloca una mano en mi barbilla para que lo mire, y yo lo miro, por supuesto, nada me parece tan interesante en ese momento como mirarlo.
-Pues no llores por eso, tonta.-me dice, mientras que con la otra mano me limpia las lágrimas.-No llores por tener nuestro pequeño mundo perfecto en mitad de tanto caos.
-Prometido.-le digo, sin apartar los ojos de los suyos. Él coloca su frente sobre la mía, y casi siento su aliento en mi cara, me siento casi a punto de empezar a hiperventilar. El sonríe ante el sonido y la rapidez de mis latidos y poco a poco se va a cercando a mí. Y yo permanezco donde estoy, tratando de normalizar mi respiración antes de que sea demasiado tarde.
Coloca sus labios sobre los míos y ya no me siento a punto de hiperventilar, simplemente no puedo pensar en otra cosa que en él, tengo la impresión de que cuando se separe mi corazón se parará, para intentar recuperar el aliento después de tantos latidos, pero en ese momento no me importa, si yo tuviese que morir ahora no me importaría después de este momento.
Cuando se separa de mí, aún sonriendo, creo que me voy a caer. Me tiemblan las piernas y apenas puedo mantenerme en pie. Él me coge por los codos, para salvarme de la caída, y me sienta en el banco. Se echa a reír y yo también, aunque mi risa suena casi histérica. Me ha besado, es otra certeza, como la de que me quiere.
-No pensé que te afectaría tanto.-me dice, pasando un brazo por mis hombros y haciendo que me apoye en su pecho. Ha dejado de llover, aunque no podría decir cuando. Me río de nuevo.
-Ha sido…
-mágico.-termina él mi frase, y me alegro, no habría encontrado palabra mejor.- ¿No te parece curioso?
No estoy para adivinanzas, a mi cerebro aún le cuesta hacer frases con un mínimo de sentido como para que tenga que pensar ahora.
-¿El qué?
-Esto. Míranos. Estamos colados el uno por el otro y aún no sabemos ni como nos llamamos.-me dice. Yo me pongo tensa y él debe de notarlo debajo de su brazo. Me separa de él y me ve con el ceño fruncido. Veo la incomprensión en su cara, cosa más que lógica.- ¿Qué pasa?
-No quiero poner nombres. Poner nombres nunca es bueno, se pierde la… magia. Yo me he enamorado de ti, no del nombre que tienes. No quiero saber tu nombre, al menos no aún. Mantengamos esto como está ahora mismo.-si saliese mal, es más fácil olvidar aquello que no se conoce, ¿no? Soy cobarde, ya os lo he dicho.
-Entiendo.-parece pensativo durante unos segundos.-Pero de alguna forma tendremos que llamarnos…
-Pongámonos nombres falsos.-me dice, sonriendo, parece que se divierte.-Ponme tu uno.
Pienso durante unos minutos, mirándole.
-Ángelo.
-Bonito nombre.
-Ahora tú a mí.
-Ángela.-nos echamos a reír.
-Me gusta.-le contesto, divertida ante nuestros nombres.
-Encantado, Ángela.
-Encantada, Ángelo.

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