Si
aún conservaba esperanzas cuando mi avión aterrizó y papá fue a recogerme al
aeropuerto, desde luego, ya las he perdido.
Hace
dos semanas que estoy de vuelta, y parece que con mi esperanza también me traje
el mal tiempo. Hace dos semanas que no para de llover, como cuando él se declaró,
como cuando yo lo hice.
Dos
eternas semanas en las que he visitado el parque, sin paraguas. Y él no está,
en realidad, tampoco pensaba que fuese a estar, aunque eso no bastó para que el
hueco de mi pecho tuviese esperanzas de volver a llenarse.
No
sé ni porque sigo viniendo.
Tres
años es mucho tiempo, y estoy segura que él me estuvo esperando casi tanto como
yo lo estuve esperando a él. Pero eso no borra que han sido tres enormes años,
en los que él debe haber olvidado mi promesa, o haber perdido la fe en ella.
Últimamente
estoy muy susceptible. Papá procura no hablar conmigo mucho, porque siempre
acabo gritándole histérica, no quiero hacerlo, pero a ver, ¿cómo te sentirías
si hubieses perdido al amor de tu vida para siempre? ¿si ya no tuvieses corazón
ni capacidad de amar a nadie más? ¿si de pronto ya no puedes tener sueños
porque el más importante de tu vida ha dejado de tener sentido?
Pues
yo te diré como te sentirías. Te sentirías como yo, sola y hundida, y lo que es
peor: te sentirías muerta.
Cuando
llegué al banco el día siguiente de mi llegada, me encontré con que muchas
cosas habían cambiado. Ese día no llovía, y eso me hizo volver a manejar la
teoría de que a veces el tiempo va acorde con mi estado de ánimo. Ese día yo no
estaba hundida, porque aún conservaba la esperanza de que él siguiese allí. Ese
día hacía un sol cálido y resplandeciente. Al día siguiente empezó a nublarse.
Tres días después estaba lloviendo como hacía mucho que no llovía, fue entonces
cuando me di cuenta de que mi esperanza se había esfumado.
Pero
no puede haberse esfumado cuando aún hoy, dos semanas después, sigo viniendo.
Cuando
volví me encontré nuestro banco pintarrajeado y oscuro. Ya no me daba calidez,
ya no me hacía sonreír. Estaba vacío. Nuestro banco ya no era nuestro, y al
parecer, no era de nadie. Me senté en el césped que había por delante, donde
habíamos pasado muchas tardes tirados y hablando de mil cosas.
Y
ahí me he pasado este tiempo. Mamá me ha estado llamando todos estos días y ha
notado como me iba apagando poco a poco, quería venir, pero yo se lo prohibí,
ella no podía hacer nada.
Hoy
al llegar me he sentado en el césped con la firme intención de desengancharme
de este hábito que me está matando. Hoy le diré adiós a este parque para
siempre y quizá me vuelva a ir lejos, con mamá, a ver si es cierto eso de que
la distancia hace el olvido.
Pero
hoy sí estoy aquí, aunque sea por última vez. Vuelvo a abrazarme las rodillas y
a esconder la cabeza entre ellas, mientras cierro fuerte los ojos a la vez que
las lágrimas resbalan.
Y
es entonces cuando alguien carraspea justo delante de mi, seguro que le estoy
dificultando el trabajo a algún barrendero.
Abro
los ojos… para encontrarlo a él. A él de verdad y no a ese borrón difuso que
empezaba a quedar en mi cabeza. Porque delante de mi tengo a Ángelo, en el
rostro del cual se extiende una sonrisa nada más cruzarse nuestros ojos. Esa
sonrisa que me encanta, esa que he echado de menos cada segundo de mi tiempo en
estos años. Su sonrisa.
Por
la alegría del momento rodeo su cuello con mis brazos con ímpetu, haciendo que
los dos rodemos por el césped mojado, pero para de llover, porque ya no hay
razón.
-¡Ángelo!-encuentro
mi voz extraña mientras sonrío, y me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que
no la escuchaba alegre.
-Si
que has tardado en cumplir tu promesa…-me dice, depositando sus labios en los
míos. Cuando se separa yo estoy llorando por la alegría más inmensa del mundo.
-Creí
que no te vería más, creí que ya no vendrías nunca más a este sitio.-le digo mientras
me acurruco en su pecho.
-Y
no pensaba hacerlo, hace mucho tiempo que perdí la esperanza de que volvieras.
Pero este pueblo es jodidamente pequeño y al parecer a tu madre no le costó más
de una docena de llamadas dar con mi familia. Una suerte que me llame Ángelo de
verdad.
-¿Mamá?
-Dijo
que al parecer tu dijiste que ella no podía hacer nada.-me dice sonriendo.
-Tendré
que hablar seriamente con ella cuando vuelva a casa.-y le vuelvo a abrazar y
volvemos a rodar.-Creí que ya no me recordabas… que te habías olvidado de mí.
-Parece
que no lo entiendes, Ángela. –me dice mientras clava sus ojos en los míos y una
sonrisa le cruza por el rostro.-Hace ya tres años, una desconocida se sentó a
mi lado en un banco y habló conmigo ¡vete tú a saber por qué! Y desde ese
momento, ya nunca más me la pude sacar de la cabeza.-él también
llora.-Además,-añade.-le hice una promesa, le prometí que yo siempre la estaría
esperando.
Cada
uno recuerda un amor con más cariño que el resto. Yo recuerdo este, lo recuerdo
y lo sigo viviendo. Porque este es el final de mi historia, pero no de la
nuestra.
FIN

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