martes, 1 de noviembre de 2011

Desconocidos - FIN


Si aún conservaba esperanzas cuando mi avión aterrizó y papá fue a recogerme al aeropuerto, desde luego, ya las he perdido.
Hace dos semanas que estoy de vuelta, y parece que con mi esperanza también me traje el mal tiempo. Hace dos semanas que no para de llover, como cuando él se declaró, como cuando yo lo hice.
Dos eternas semanas en las que he visitado el parque, sin paraguas. Y él no está, en realidad, tampoco pensaba que fuese a estar, aunque eso no bastó para que el hueco de mi pecho tuviese esperanzas de volver a llenarse.
No sé ni porque sigo viniendo.
Tres años es mucho tiempo, y estoy segura que él me estuvo esperando casi tanto como yo lo estuve esperando a él. Pero eso no borra que han sido tres enormes años, en los que él debe haber olvidado mi promesa, o haber perdido la fe en ella.
Últimamente estoy muy susceptible. Papá procura no hablar conmigo mucho, porque siempre acabo gritándole histérica, no quiero hacerlo, pero a ver, ¿cómo te sentirías si hubieses perdido al amor de tu vida para siempre? ¿si ya no tuvieses corazón ni capacidad de amar a nadie más? ¿si de pronto ya no puedes tener sueños porque el más importante de tu vida ha dejado de tener sentido?
Pues yo te diré como te sentirías. Te sentirías como yo, sola y hundida, y lo que es peor: te sentirías muerta.
Cuando llegué al banco el día siguiente de mi llegada, me encontré con que muchas cosas habían cambiado. Ese día no llovía, y eso me hizo volver a manejar la teoría de que a veces el tiempo va acorde con mi estado de ánimo. Ese día yo no estaba hundida, porque aún conservaba la esperanza de que él siguiese allí. Ese día hacía un sol cálido y resplandeciente. Al día siguiente empezó a nublarse. Tres días después estaba lloviendo como hacía mucho que no llovía, fue entonces cuando me di cuenta de que mi esperanza se había esfumado.
Pero no puede haberse esfumado cuando aún hoy, dos semanas después, sigo viniendo.
Cuando volví me encontré nuestro banco pintarrajeado y oscuro. Ya no me daba calidez, ya no me hacía sonreír. Estaba vacío. Nuestro banco ya no era nuestro, y al parecer, no era de nadie. Me senté en el césped que había por delante, donde habíamos pasado muchas tardes tirados y hablando de mil cosas.
Y ahí me he pasado este tiempo. Mamá me ha estado llamando todos estos días y ha notado como me iba apagando poco a poco, quería venir, pero yo se lo prohibí, ella no podía hacer nada.
Hoy al llegar me he sentado en el césped con la firme intención de desengancharme de este hábito que me está matando. Hoy le diré adiós a este parque para siempre y quizá me vuelva a ir lejos, con mamá, a ver si es cierto eso de que la distancia hace el olvido.
Pero hoy sí estoy aquí, aunque sea por última vez. Vuelvo a abrazarme las rodillas y a esconder la cabeza entre ellas, mientras cierro fuerte los ojos a la vez que las lágrimas resbalan.
Y es entonces cuando alguien carraspea justo delante de mi, seguro que le estoy dificultando el trabajo a algún barrendero.
Abro los ojos… para encontrarlo a él. A él de verdad y no a ese borrón difuso que empezaba a quedar en mi cabeza. Porque delante de mi tengo a Ángelo, en el rostro del cual se extiende una sonrisa nada más cruzarse nuestros ojos. Esa sonrisa que me encanta, esa que he echado de menos cada segundo de mi tiempo en estos años. Su sonrisa.
Por la alegría del momento rodeo su cuello con mis brazos con ímpetu, haciendo que los dos rodemos por el césped mojado, pero para de llover, porque ya no hay razón.
-¡Ángelo!-encuentro mi voz extraña mientras sonrío, y me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no la escuchaba alegre.
-Si que has tardado en cumplir tu promesa…-me dice, depositando sus labios en los míos. Cuando se separa yo estoy llorando por la alegría más inmensa del mundo.
-Creí que no te vería más, creí que ya no vendrías nunca más a este sitio.-le digo mientras me acurruco en su pecho.
-Y no pensaba hacerlo, hace mucho tiempo que perdí la esperanza de que volvieras. Pero este pueblo es jodidamente pequeño y al parecer a tu madre no le costó más de una docena de llamadas dar con mi familia. Una suerte que me llame Ángelo de verdad.
-¿Mamá?
-Dijo que al parecer tu dijiste que ella no podía hacer nada.-me dice sonriendo.
-Tendré que hablar seriamente con ella cuando vuelva a casa.-y le vuelvo a abrazar y volvemos a rodar.-Creí que ya no me recordabas… que te habías olvidado de mí.
-Parece que no lo entiendes, Ángela. –me dice mientras clava sus ojos en los míos y una sonrisa le cruza por el rostro.-Hace ya tres años, una desconocida se sentó a mi lado en un banco y habló conmigo ¡vete tú a saber por qué! Y desde ese momento, ya nunca más me la pude sacar de la cabeza.-él también llora.-Además,-añade.-le hice una promesa, le prometí que yo siempre la estaría esperando.
Cada uno recuerda un amor con más cariño que el resto. Yo recuerdo este, lo recuerdo y lo sigo viviendo. Porque este es el final de mi historia, pero no de la nuestra.

FIN

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