jueves, 1 de diciembre de 2011

Álex&Julieta 01


Alex nunca ha sido un chico demasiado sociable, en realidad es un chico reservado y tímido, que nunca habla con nadie más de lo que consideraba necesario y nunca, nunca, por iniciativa propia.
Es un chico educado, eso sí. Siempre responde con una sonrisa a cualquier pregunta y siempre tiene una respuesta para todo. Pero le falta algo importante en su vida, algo que tampoco nunca se ha detenido a buscar.
Le faltan amigos.
Es un chico raro, en el recreo se dedica a pasear solo por ahí o a leer un libro que considere interesante. Nunca habla con nadie, ni ríe, ni sueña… los sueños están fuera de su mente y no hay lugar para ellos. Es un chico crítico y centrado en las cosas que él piensa que son importantes, en las cosas lógicas y con fundamento. No en sueños vanos sin sentido e inventados.
No, el no desea sueños, ni amigos, ni nada aparte de sus libros lógicos y realistas. Nada en absoluto y, aún así, no se siente solo ni triste. Tiene cuanto desea, aunque los demás chicos de su edad lo consideren raro e insociable.
Las chicas, sin embargo, encuentran en él un toque misterioso y atractivo que les llamaba mucho la atención, aunque él, por no variar, no demuestre nunca un conocimiento de ello. Las chicas le miran, coquetean y cuchichean cuando él pasa, pero él nunca jamás les prestó atención.
Su padre, la única persona que le queda en el mundo junto con su hermana pequeña Dalia, siempre le ha pedido que fuese un poco más cariñoso con las demás personas, a fin de encontrar buenos amigos. Pero para él, el cariño y el amor eran sentimientos desconocidos con cualquiera que no fuese su padre o su hermana.
Pero todo, todo, todo, absolutamente todo cambió un día, hacía ya 4 meses.
Alex iba en el coche, en el asiento del copiloto. Su padre conducía y atrás iba Dalia, tarareando alegremente algo que le recordaba a la sintonía de algún anuncio televisivo. Alex sonreía, era fácil sonreír cuando estaba con ellos, las dos únicas personas que le importaban en la vida. Su familia. Y la felicidad reinaba siempre que estaban juntos.
Al final, acabó uniendo su propia voz a la de su hermana pequeña y tarareó la misma canción. Su padre se echó a reír y pronto los siguió.
Era extraño ver cuánto cambiaba Alex cuando estaba con su familia a cuando estaba con el resto del mundo. No parecían la misma persona y algunos incluso lo dudaban, pensando que Alex debía tener un oculto hermano gemelo que siempre estaba con su familia mientras él seguía con sus libros.
Pero ese día, esa noche, esa hora, ese minuto, ese segundo, ese justo instante, iba a cambiar su vida irremediablemente sin que nadie supiese cuanto. El mismo instante en el que ese coche que iba dando tumbos se coló en el carril donde ellos iban. El mismo instante en el que solo veía las luces del coche delante de él, cegándole, en el que solo pensaba en darse la vuelta, quitarse el cinturón y proteger a su hermana. Ese instante en el que no tuvo tiempo de hacer nada. El instante del accidente. El momento justo en el que entró en coma.
Por extraño que pueda parecer, Alex supo desde el primer momento que estaba en coma. No era como estar dormido, desde luego. Era consciente de su estado y a veces incluso era consciente de lo que pasaba allí arriba, en el mundo de los “despiertos”. A ratos escuchaba la voz de su hermana susurrante, y fuerte, como si le estuviese diciendo cosas en el oído. Muchas veces recuerdos pasados, casi todos junto a su familia, volvían a tomar forma y él era el protagonista de nuevo, como si pudiese volver a vivirlos, aunque sabía que no podía cambiarlos. Cumpleaños, cuentos para dormir, viajes de vacaciones, abrazos… todo cuanto consideraba importante le visitaba, y eso le agradaba. Era feliz así, no necesitaba nada más. Ni siquiera sus libros lógicos y realistas.
Pero la mayoría de las veces, se encontraba en mitad de una oscuridad casi palpable, que parecía oprimirle el corazón y los pulmones. O en mitad de una luz casi cegadora y molesta. Pero lo peor, se encontraba terriblemente solo.
Nunca había sentido soledad, jamás había necesitado hablar o tocar a una persona, tenía a su hermana y a su padre, que era más que suficiente. Pero ahora que ellos no estaban, era como si le faltase el aire. Se repetía una y otra vez en esta lucidez inconsciente que tenía que despertar, que solo así encontraría la ansiada compañía. Tenía que hacerlo. Necesitaba hacerlo. Tanta soledad y abandono acabarían por volverle loco.
No sabía cuánto tiempo pasaba, no había días y noches para contar, ni nada que se pudiese medir. Por eso no supo cuando exactamente empezó a encontrarse con esa sombra en mitad de sus recuerdos.

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