Alex
nunca ha sido un chico demasiado sociable, en realidad es un chico reservado y
tímido, que nunca habla con nadie más de lo que consideraba necesario y nunca,
nunca, por iniciativa propia.
Es
un chico educado, eso sí. Siempre responde con una sonrisa a cualquier pregunta
y siempre tiene una respuesta para todo. Pero le falta algo importante en su
vida, algo que tampoco nunca se ha detenido a buscar.
Le
faltan amigos.
Es
un chico raro, en el recreo se dedica a pasear solo por ahí o a leer un libro
que considere interesante. Nunca habla con nadie, ni ríe, ni sueña… los sueños
están fuera de su mente y no hay lugar para ellos. Es un chico crítico y
centrado en las cosas que él piensa que son importantes, en las cosas lógicas y
con fundamento. No en sueños vanos sin sentido e inventados.
No,
el no desea sueños, ni amigos, ni nada aparte de sus libros lógicos y
realistas. Nada en absoluto y, aún así, no se siente solo ni triste. Tiene
cuanto desea, aunque los demás chicos de su edad lo consideren raro e insociable.
Las
chicas, sin embargo, encuentran en él un toque misterioso y atractivo que les
llamaba mucho la atención, aunque él, por no variar, no demuestre nunca un
conocimiento de ello. Las chicas le miran, coquetean y cuchichean cuando él
pasa, pero él nunca jamás les prestó atención.
Su
padre, la única persona que le queda en el mundo junto con su hermana pequeña
Dalia, siempre le ha pedido que fuese un poco más cariñoso con las demás
personas, a fin de encontrar buenos amigos. Pero para él, el cariño y el amor
eran sentimientos desconocidos con cualquiera que no fuese su padre o su
hermana.
Pero
todo, todo, todo, absolutamente todo cambió un día, hacía ya 4 meses.
Alex
iba en el coche, en el asiento del copiloto. Su padre conducía y atrás iba Dalia,
tarareando alegremente algo que le recordaba a la sintonía de algún anuncio
televisivo. Alex sonreía, era fácil sonreír cuando estaba con ellos, las dos
únicas personas que le importaban en la vida. Su familia. Y la felicidad reinaba
siempre que estaban juntos.
Al
final, acabó uniendo su propia voz a la de su hermana pequeña y tarareó la
misma canción. Su padre se echó a reír y pronto los siguió.
Era extraño ver cuánto cambiaba Alex cuando estaba con su familia a cuando estaba con el resto del mundo. No parecían la misma persona y algunos incluso lo dudaban, pensando que Alex debía tener un oculto hermano gemelo que siempre estaba con su familia mientras él seguía con sus libros.
Era extraño ver cuánto cambiaba Alex cuando estaba con su familia a cuando estaba con el resto del mundo. No parecían la misma persona y algunos incluso lo dudaban, pensando que Alex debía tener un oculto hermano gemelo que siempre estaba con su familia mientras él seguía con sus libros.
Pero
ese día, esa noche, esa hora, ese minuto, ese segundo, ese justo instante, iba
a cambiar su vida irremediablemente sin que nadie supiese cuanto. El mismo
instante en el que ese coche que iba dando tumbos se coló en el carril donde
ellos iban. El mismo instante en el que solo veía las luces del coche delante
de él, cegándole, en el que solo pensaba en darse la vuelta, quitarse el
cinturón y proteger a su hermana. Ese instante en el que no tuvo tiempo de
hacer nada. El instante del accidente. El momento justo en el que entró en
coma.
Por
extraño que pueda parecer, Alex supo desde el primer momento que estaba en
coma. No era como estar dormido, desde luego. Era consciente de su estado y a
veces incluso era consciente de lo que pasaba allí arriba, en el mundo de los
“despiertos”. A ratos escuchaba la voz de su hermana susurrante, y fuerte, como
si le estuviese diciendo cosas en el oído. Muchas veces recuerdos pasados, casi
todos junto a su familia, volvían a tomar forma y él era el protagonista de
nuevo, como si pudiese volver a vivirlos, aunque sabía que no podía cambiarlos.
Cumpleaños, cuentos para dormir, viajes de vacaciones, abrazos… todo cuanto
consideraba importante le visitaba, y eso le agradaba. Era feliz así, no
necesitaba nada más. Ni siquiera sus libros lógicos y realistas.
Pero
la mayoría de las veces, se encontraba en mitad de una oscuridad casi palpable,
que parecía oprimirle el corazón y los pulmones. O en mitad de una luz casi
cegadora y molesta. Pero lo peor, se encontraba terriblemente solo.
Nunca había sentido soledad, jamás había necesitado hablar o tocar a una persona, tenía a su hermana y a su padre, que era más que suficiente. Pero ahora que ellos no estaban, era como si le faltase el aire. Se repetía una y otra vez en esta lucidez inconsciente que tenía que despertar, que solo así encontraría la ansiada compañía. Tenía que hacerlo. Necesitaba hacerlo. Tanta soledad y abandono acabarían por volverle loco.
Nunca había sentido soledad, jamás había necesitado hablar o tocar a una persona, tenía a su hermana y a su padre, que era más que suficiente. Pero ahora que ellos no estaban, era como si le faltase el aire. Se repetía una y otra vez en esta lucidez inconsciente que tenía que despertar, que solo así encontraría la ansiada compañía. Tenía que hacerlo. Necesitaba hacerlo. Tanta soledad y abandono acabarían por volverle loco.
No
sabía cuánto tiempo pasaba, no había días y noches para contar, ni nada que se
pudiese medir. Por eso no supo cuando exactamente empezó a encontrarse con esa
sombra en mitad de sus recuerdos.

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