domingo, 1 de enero de 2012

Ella&Él 09


- Mira… puede que tengas razón. Pasar demasiado tiempo en una hoja equivocada puede hacerte mucho, mucho, mucho daño. Y puede que lo mejor fuese olvidarte para siempre. Pasar la página o romperla. Puede que no merecieras que me fijase en ti, o que yo no me mereciera fijarme en ti. Puede que las cosas hubiesen sido diferentes si en vez de empeñarme en seguir en esa página la hubiese pasado cuando debía. Y no creas que no lo intenté. Lo hice tantas veces que al final lo único que conseguí fue cortarme con los bordes. Y ahora, aún con mis heridas, podría estar feliz, sin que tú me importarás y sin tener que sufrir por ti. Pero… aunque hubiese conseguido eso, superarlo, olvidarte o incluso odiarte, de nada serviría. Media palabra tuya es suficiente para desmoronar mi vida, para darme cuenta que no lo he superado, porque tú eres tú… y siempre vas a ser tú. Y ser tú es suficiente como para que mi corazón sienta una debilidad casi chocante por ti. Podría odiarte con todas mis fuerzas pero si vinieses y me dijeses todo lo que me has dicho… no te podría odiar. Tú eres tú, y en mi vida siempre vas a ser esa persona que necesito para que el mundo gire. Te odie, te aborrezca… da igual, podría enterarme que eres la peor persona del mundo y aún así seguirías siendo importante para mí. Porque no puedo odiarte, ni olvidarte, ni nada que tenga que ver con sacarte del corazón, por mucho que yo me intente convencer de que sí. Tú siempre vas a estar en mi corazón, es más, tú siempre vas a ser mi corazón.-Una solitaria lágrima resbaló por la mejilla de la chica.-Ahora te dejo que me pidas tú lo que quieras.
La chica cerró los ojos, mientras escuchaba los pasos del chico acercándose.
-Abre los ojos.-le hizo caso.- ¿Sientes todo lo que has dicho?
-O más.-la mano temblorosa del chico se deslizó por la mejilla de la chica, y esta tembló bajo ella.-Puede que a idiota no me ganes.
-Pues… si es por esto, ¡bendita idiotez!-le dijo él.
-Pídeme lo que quieras para convencerme de que me importas.-repitió ella las palabras anteriormente pronunciadas por él.
-Si ahora mismo no existiese nuestra idiotez ni nada más que nosotros, ¿qué harías?
-Te besaría.
-Entonces ya sé que te voy a pedir. Piensa que no existe nadie más que nosotros y actúa como tal.-ella sonrío débilmente.
-Ante todo, ¿qué harías tú?
-¿Yo? –El chico sonrió con nerviosismo.- Me dejaría besar.
La chica se tuvo que poner un poco de puntillas, mientras el chico la rodeaba. Un escalofrío casi violento recorrió las columnas de ambos mientras sus labios, poco a poco, se unían en ese beso que tanto tiempo había tenido que esperar gracias a la dichosa cobardía.


[…]


La chica despertó sobre el teclado del ordenador, no sabía cuanto tiempo llevaba durmiendo, pero le parecían días. Por la ventana se veía como anochecía. Se desperezó y miró la pantalla, donde la ventana del chico aparecía abierta y en blanco, como siempre. Suspiró.
Apagó el ordenador del botón y se tumbó en la cama. Escuchó como sonaba el timbre, como abrían y como alguien subía por las escaleras. Sería su amiga, creía haber quedado con ella hoy. Volvió a suspirar. Dichosos sueños estúpidos, infantiles y jodidamente dolorosos.
Llamaron a la puerta de su habitación y ella se levantó de mala gana para abrir.
Y allí estaba él, con su flamante sonrisa en la cara.
-Creí que habíamos quedado.
Una sonrisa iluminó el rostro de la chica, que con solo dos pasos, abrazó fuertemente al chico. Abrazó a su propio corazón. Al engranaje de su mundo. A él.

FIN

Ella&Él 08


- Que extraño.
-¿El qué es extraño?
-Que me digas esto. Estuve más de dos años intentando escuchar tu voz de una forma directa. Me resultabas extremadamente necesario en mi vida, como si sin ti el mundo ya no girase así que durante esos años el mundo no giraba, porque no tenía tu voz para hacerlo.
-Y aprendió a girar sin mi.
-En realidad… aprendió a girar contigo. No creas que esto de que mi mundo gire es desde hace mucho… un par de días a lo sumo. De pronto unas palabras en la ventanita de un ordenador le dieron sentido a mi mundo. ¡Lo que hay que ver!
El chico no sabía qué decir, clavó los ojos en el suelo y cogió aire. Era el momento, soltarlo todo o no hacerlo nunca.
-Tú… yo… he sido increíblemente idiota. He esperado tanto tiempo que pensé que ya era tarde, y debería de serlo, me lo merezco por no haber reaccionado cuando debía, por haber dejado pasar el tiempo y que el miedo y la cobardía me ganasen la carrera. Debería haberte enfrentado en el mismo momento en que todo esto empezó y las cosas hubiesen sido diferentes. Hubiese actuado a tiempo por una vez en mi vida. Me merezco que me pisotees y me utilices como quieras por decirlo ahora, por venir a incordiarte cuando tú ya no tendrías porque soportarme. Por haber esperado tanto tiempo que te he dado la posibilidad de olvidarme, incluso de odiarme por lo estúpido que he sido… pero no creas que no lo lamento, lo he lamentado siempre. Un día más y se acaba, siempre me decía eso, un día y afronto la verdad. Y entonces te veía, con tus amigos, con tu sonrisa, con tu vida, como si yo ya no importara ni nunca volviese a hacerlo. Y me volvía a acobardar, porque no quería un no como respuesta, porque nunca he tenido que hacerle frente a nada como esto y no sabía como reaccionar, qué hacer para que fuese menos doloroso, donde guardarme las ganas de gritar… y llegó el momento en que no lo aguanté, en que tenía que estallar antes de volverme loco y estuve toda una semana abriendo tu ventanita sin decirte nada, solo escribiendo y borrando una a una todas las letras que ponía. Por que ante todo, soy un cobarde y…
-Creo que es suficiente. Yo tampoco he sido la persona más valiente.
-Pero hiciste más que yo.
-Tampoco sirvió de mucho.
-Sirvió de suficiente… mira, sé que es egoísta venir ahora a inmiscuirme en tu vida, que no me merezco que malgastes un solo segundo más de tu tiempo escuchando lo que te digo, porque yo he sido idiota y no te lo he dicho hasta que ya no me lo he aguantado más. Porque tú también has estado así y cuando puedes pasar página vengo yo aquí, a pedirte por favor que no lo hagas, que te quedes en esa página, porque soy un egoísta que no pienso en cuanto te ha podido doler permanecer tanto tiempo en la misma. Porque ahora soy yo quien no aguanta más y te necesita. Porque yo también quiero que mi mundo gire y tú eres la única persona que puede conseguirlo.
-No eres egoísta.
-Sí que lo soy. Deberías decirme “llévame a casa” y no hablarme nunca más. Deberías olvidarme y que yo siguiese colgado por ti para siempre, para que sufra, porque es lo que me merezco con lo mal que me he portado.

-A veces la cobardía puede a los sentimientos.
-Pero eso no debería de ser así, no con todo lo que yo siento. Debería haberte dicho algo, porque yo sabía que sufrías y aunque eso me mataba, nunca hice nada por impedirlo y la solución estuvo siempre en mis manos.

Ella&Él 07


-¿Sabes qué?-le dijo él, después de más de dos minutos en silencio. La chica hizo un ruido negativo, pero no pronuncio palabra. Tenía los ojos fijos en las nubes, cambiantes y juguetonas, que recorrían el cielo de lado a lado. El chico también estaba igual.-A veces tengo la sensación de que si tú me pidieses algo, por estúpido e insensato que fuese, lo haría y no lo pensaría ni dos segundos.
La chica abrió mucho los ojos, no esperaba esa confesión, y puestos a ser sinceros, ella también tenía algo que decir.
-Yo a veces pienso lo mismo. Solo que en mi caso, es más la certeza de que lo haría. Fuese lo que fuese.
El silencio era tal que escuchó como el chico tragaba saliva.
-Y sería capaz de intentar ser un poco más… un poco menos tonto. Que tuvieses algo de lo que hablar conmigo.
-Bueno, estamos hablando y nada ha cambiado desde la última vez que nos gritamos en mitad de la calle. Puede que estuviese equivocada al final.
-No lo estabas. Me di cuenta de que tenías razón. Tú y yo no teníamos nada de qué hablar y me di cuenta de cuánto podría hacer por ti cuando de pronto tomé la decisión de leer, solo por si en algún momento podíamos tener una conversación civilizada, tener algo que decirte.
-Estamos teniendo una conversación civilizada.
-Y yo estoy hablando, cosa terriblemente sorprendente.
-No creas que yo tengo mil cosas interesantes que decir, normalmente siempre digo tonterías o las hago.
-Pues a mí me resulta interesante todo lo que dices.
Silencio.
-Y a mí lo que dices tú. Leas o no Romeo y Julieta.-el chico rió.
-Es complicado.
-¿El libro?
-No, esto, decir lo que pienso, hablar contigo, debería ser más fácil. Me siento bien cuando estás cerca, pero por alguna extraña razón, no soy capaz de decirte todo lo que me gustaría.
-Yo tampoco. Y es frustrante.
Silencio de nuevo.
-Pídeme cualquier cosa.
-¿Qué?-esta vez la chica sí le miró, y se encontró con que el chico se había sentado y la miraba.
-Eso, pídeme cualquier cosa, por imposible que sea. Pídemela, y si la hago y siento la necesidad de hacerla sabré que verdaderamente me importas, que soy capaz de todo.
La chica se levantó de la hierba y miró hacia otro lado.
-Llévame a casa.-le pidió.
-Oh, vaya, tal vez hubiese sido mejor callar.-dijo el chico, levantándose a su lado. Agachó la cabeza y dio un par de pasos para volver al lugar original, a donde les esperaba la moto y con ella el mundo real.
-¿Cualquier cosa?-preguntó la chica, que se había quedado retrasada y observaba el suelo con atención. El chico la miró y arqueó una ceja.
-Pensé que querías irte.
-En realidad no. Cuando las cosas toman caminos así siempre me entran las ganas de huir. Pero voy a hacerle frente, no voy a escaparme.
-Pues entonces pídeme cualquier cosa.
-Mírame y sonríe.-dijo clavando sus ojos en los de él. Él lo hizo casi instantáneamente.
-¿Cualquier cosa y me pides que sonría?
-Bueno, carezco de imaginación, además ha sido lo primero que se me ha ocurrido que hicieses por mí. Me gusta que sonrías mirándome a los ojos. Antes no lo hacías demasiado.
-Ya ves, yo también huyo cuando las cosas se ponen extrañas.
-¿Consideras esta situación extraña?
-Más o menos. Nunca pensé que fuese capaz de hablar tanto tiempo contigo.
-Yo tampoco.-sonrió ella.
-A mí también me gusta que sonrías.-le dijo él.
-¿Porqué pensabas que no podrías hablar tanto conmigo?
-Porque me pongo nervioso y se me olvida lo que quería decirte. Porque tengo miedo de hablar más de la cuenta. De cagarla. Ya ves que lo hice a la primera ocasión que tuve de hablar contigo.
-¿Y porqué quisiste hablar conmigo?
-No sé… de repente me di cuenta que tú eras la única persona con la que quería hablar. La única voz encima de la tierra que quería escuchar. Y llegó un momento en que no aguanté más tiempo sin ella, que la necesitaba, que ya no era una voz más, que ya era la voz de mi vida, la única voz, la más importante de todas.
-Qué extraño.
-¿El qué es extraño?
-Que me digas esto. Estuve más de dos años intentando escuchar tu voz de una forma directa. Me resultabas extremadamente necesario en mi vida, como si sin ti el mundo ya no girase así que durante esos años el mundo no giraba, porque no tenía tu voz para hacerlo.
-Y aprendió a girar sin mí.

Ella&Él 06


Estuvieron más de diez minutos sobre la moto y la chica aún no sabía a dónde iban. De pronto, dio un giro brusco y paró la moto, cerca de la carretera y en mitad de la nada.
-Baja. Hemos llegado.
-Oye, ¿piensas abandonarme en mitad de la nada?-le preguntó la chica. Él sonrió. La chica se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que ella misma soñaba con ese simple gesto. Una sonrisa. Su sonrisa.
-Claro que no.-La chica se bajó y el chico la siguió.-puedes dejar la mochila aquí, te puedo asegurar que nadie vendrá.
-Ah, ya lo entiendo.-dijo ella mientras se quitaba el casco.- En verdad eres un asesino en serie, que trae aquí a todas sus víctimas, piensas matarme y abandonarme en mitad del campo, ¿no?
Una sincera carcajada salió de entre los labios del chico. La chica sonrió.
-No, si pensase hacerte algo, no me habría expuesto a que me viesen tus amigas. Ni dejarías aquí la mochila. Eso son pruebas en mi contra, y vale que soy idiota, pero tengo dos dedos de frente. Solo quiero enseñarte algo, sígueme.
El chico se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar campo a través. La chica soltó su mochila y lo siguió.
Nunca le había gustado el campo, era demasiado torpe como para llevarse bien con él. Demasiadas ramas y cosas con las que poder caerse. Andaba insegura un par de metros por detrás de él que, a diferencia de ella, andaba con seguridad. Apenas tres minutos después de empezar a caminar, llegaron a una cancela de árboles, que parecía cortar irremediablemente el camino.
-¿Y ahora?-le preguntó la chica, desde atrás, él volvió a sonreír y se agachó un poco, para apartar las ramas justas para que se pudiese pasar.
-Las damas primero.-le dijo, acompañando sus palabras con un gesto de la cabeza. Ella se agachó y pasó a través de los arbustos.
Y parecía imposible que un lugar así pudiese existir de verdad. Había tanto verde junto que inconscientemente buscó una muestra de que era real, que no era perfecto. Hierba, fresca, verde, con flores aquí y allí. Un pequeño riachuelo que atravesaba el pequeño claro de un lado a otro, dejando su sonido y su olor fresco y agradable, y que se perdía entre los árboles de más allá.
Un suspiro de asombro se escapó de su boca. A la vez que el chico lograba ponerse a su lado.
-Esto es… imposible.
-No, no, esto es real.
-No pensaba que por aquí había lugares así y…
-mucho menos que yo pudiese conocerlos, ¿no?-terminó él su frase, ella lo miró.-Tranquila, lo puedo entender. Este sitio no me va mucho, lo que no quiere decir que no me guste. Pero supuse que a ti te gustaría más.
-Y me encanta.-dijo ella, avanzando un poco y sin poder dejar de sonreír.-Es tan… sano.-El pasó por su lado y se dejó caer sobre la hierba.- ¿No estará mojada?
-¿Y qué más da?-dijo él.
-Pues que… no s…-pero él ya la había cogido del brazo y prácticamente tirado al suelo. Ella se echó a reír, sin saber muy bien por qué. Tal vez porque ese lugar tenía su propia magia, su propia felicidad, y era imposible no sentirla y no contagiarte de ella.- ¿Y por qué me has traído aquí?-le preguntó ella, tras unos segundos sin parar de reír, poniéndose seria de repente. Él se encogió de hombros.
-La primera vez que estuve aquí, todo esto me recordó a ti. Y bueno, quería traerte como una forma de hacer las paces.
-¿Tenemos que hacer las paces?
-Nunca hemos tenido demasiada relación. Y justo cuando empezamos a tenerla, solo nos peleamos.
-Pero últimamente no nos peleamos, desde que me salvaste de la pulmonía, yo interpreté eso como una manera de hacer las paces.
-Pues interpreta esta como otra más formal. Es más, te propongo que seamos amigos.
-¿Amigos, eh? Trato hecho.-apenas tuvo que pensárselo. Extendió su mano y él la estrechó, el simple contacto de sus manos hizo que un escalofrío recorriese la espalda de la chica, que sus mejillas se encendiesen y retirase la mano inmediatamente. El chico agachó la cabeza y miró hacia otro lado. Después se tumbó sobre la hierba y la chica, después de recobrar la compostura, lo imitó.

Ella&Él 05


El día siguiente amaneció nublado de nuevo, pero para cuando llegó al sitio donde se encontraba normalmente con sus amigas, el sol ya se había asomado.
Todos sus amigas fueron, repuestas y felices, para contagiarle un poco más de felicidad, cosa que hoy ella también tenía. El aire tenía ese olor tan característico de cuando ha estado lloviendo durante horas y ha parado hace solo un rato. Ese olor tan agradable. El aire era frío, y le congelaba la nariz y sus manos, guarecidas en sus bolsillos, intentaban mantener una temperatura normal.
El camino hasta el instituto se le pasó rápido, aunque en ningún momento habían aligerado el paso ni nada por el estilo. El sol, débil aún por el poco tiempo que había tenido para salir, jugaba al escondite con las nubes, llenando y vaciando de luz las calles.
Se sentaron en el banco de siempre, hicieron lo de siempre, hablaron de lo de siempre. Y aún así, la chica tenía la impresión de que hoy era diferente. Hoy no era un día cualquiera. Sus ojos, nerviosos e inquietos, buscaban al chico entrando por la puerta, pero hoy no lo vería, por supuesto que no, hoy había una diferencia fundamental con el día anterior. Hoy sí quería verlo.
El timbre sonó, y ese día, no prestó atención a ninguna de las clases, ni siquiera trató de aparentar que sí lo estaba haciendo. No, ese día no. Las horas pasaban con una lentitud exasperante. El reloj parecía decidido a pararse, o peor, a empezar a correr en el sentido contrario y retrasar el tiempo tanto como pudiese.
Sus ojos vagaban por la ventana, mirando el sol, asentado en su lugar y cansado de jugar con las nubes, a las que ahora mantenía a raya. Ya no hacía tanto frío, los rayos de sol se colaban por la ventana y se mezclaban con la calefacción, cada vez más apagada.
Y aunque parecía imposible que pudiese llegar ese momento, llegó. El timbre, ese último timbre del día, que marcaba que el calvario había terminado por el momento, sonó. El revuelo propio de la salida se armó, y ella participó en él junto con sus amigas, como siempre.
Andaban con paso normal, pero el camino hacía casa le parecía extremadamente largo hoy. Sería porque su cabeza solo le daba vueltas a qué diferente había sido todo el día anterior. Porque había sido deliciosamente diferente, aunque siguiese empeñada en negarlo.
Iban pasando por el sitio donde, el día anterior, se había resbalado y hecho daño, cuando una moto pasó por su lado, y se paró delante de las chicas. Ella reconoció de inmediato la moto y a su propietario, y entonces arqueó una ceja, para después abrir mucho los ojos. Él sonrió bajo su casco y le ofreció el que el día anterior le había dejado. Las amigas de la chica pasaban los ojos, atónitas, del chico al casco y del casco a su amiga, para volver al chico. Mientras, la chica la pasaba del chico al casco.
-Te llevo.-le dijo él.
-Hoy no llueve, no recaerá sobre tu conciencia mi pulmonía ni nada de eso, no te preocupes.-le contestó ella sonriendo. Él también lo hizo. Sus amigas seguían sin entender nada, solo que su amiga estaba hablando de una forma muy natural con el chico que hasta hacía poco le había estado gustando y que ellas sospechaban que aún lo hacía.
-Pero hoy te lo ofrezco por que sí. Venga, sube.
-¿Por qué sí? Nadie ofrece las cosas por que sí.
-Pero yo soy una persona perfectamente adorable, así que sí lo hago. Sube.
-No.-dijo ella sonriendo.
-Te mueres de ganas.
-No voy a dejar a mis amigas solas.
-Estarán bien.-dijo él, colocando el casco directamente sobre las manos de ella. Esta lo miró y suspiró, volviéndose hacía sus amigas.
-¿Os importa?-les dijo, mientras ella, entre cuchicheos y risas la miraban.
-Para nada.-contestó su mejor amiga, sonriendo con gracia. La chica movió la cabeza de un lado a otro, se puso el casco y se sentó detrás de él. Este arrancó la moto de nuevo y corrió varios metros, después bruscamente cambió de dirección.
-Oye, mi casa no es por ahí.-le dijo ella, acercando su cabeza a la del chico para que le escuchase. Él la miró de reojo mientras sonreía.
-Eso ya lo sé. Es que no vamos a tu casa.-le dijo él, mientras aumentaba la velocidad, lo que obligó a que la chica se agarrase más fuerte, con lo que el chico sonrió más.
-¿Y dónde vamos?
-Eso es una sorpresa.
-Y esto, un secuestro.
-¡Eh! Yo no te retengo en contra de tu voluntad, hasta donde yo sé, tú has accedido amablemente a acompañarme.

Ella&Él 04


Y aunque parecía que el día ya había llegado a su máximo, aún quedaba mucho. Era última hora cuando la mejor amiga de la chica se puso enferma y se tuvo que ir a casa antes de tiempo. Y a falta de cinco minutos para la salida cayó la lluvia que no había caído en todo el año.
Duró apenas hasta la salida, pero lo suficiente como para qué todas las calles estuviesen mojadas y encharcadas. Además, que su amiga se hubiese ido significaba que le quedaba una larga caminata, sola y aburrida, hasta llegar a su casa.
El tiempo pasó rápido hasta que el timbre sonó, la chica se despidió de sus amigos y salió. Afortunadamente ya había dejado de llover. Intentó aligerar el paso, pues por el cielo era evidente que no tardaría en volver a empezar a llover.
Y así fue, apenas 10 minutos después de salir, las primeras gotas, finas pero igual de húmedas, empezaron a mojarle la cara, así que agachó la cabeza, se metió las manos en los bolsillos y fue más rápido aún.
Y fue entonces cuando, haciendo uso de su infinita torpeza y mala suerte, se resbaló y cayó al suelo. “Genial” pensó mientras se levantaba y se limpiaba el barro que había ido a parar a sus pantalones. La lluvia, además, apretó un poco. “por favor, dame una tregua, al menos hasta que llegue a casa.”
Volvió a empezar a andar, aún un poco dolorida por la caída. Y entonces es cuando el ruido de una moto se fue acercando a ella, hasta que se detuvo a su lado y un casco se plantó delante de ella. La chica miró el casco, y después fue recorriendo el brazo del extraño hasta llegar a su rostro, semioculto bajo otro casco. Entonces abrió mucho los ojos.
-Anda, sube antes de que llueva más.-le dijo él. Sí, porque era él, la única persona que nunca hubiese pensado que se encontraría. Tragó saliva.
-Te voy a manchar el asiento de barro.-dijo ella y apartando el casco que él le tendía, siguió andando, haciendo acopio de todas sus fuerzas. Él le siguió y volvió a poner el casco delante.
-Me da igual, prefiero un asiento manchado a qué recaiga sobre mi conciencia tu pulmonía.-y sonrió bajo el casco. Ella fijó sus ojos en el casco y tras dudar un par de minutos más, lo cogió, suspirando, y se lo puso. Se sentó detrás de él, poniendo el máximo espacio posible entre ellos.-Oye, no muerdo, será mejor que te agarres.
Ella se mordió el labio, y puso sus manos en la cintura de él.
Apenas llovía ahora, aunque seguían cayendo gotas de vez en cuando. No tardaron mucho en llegar a la casa de la chica, aunque por dentro, sin querer admitirlo, lamentó la poca duración del trayecto. Con otro suspiro se bajó de la moto, se quitó el casco y se lo dio. Fue a entrar en su portal y vio que él no se iba.
-¿Vas a quedarte ahí hasta que entre?-le preguntó ella, medio girándose.
-Tengo que asegurarme de que llegas a salvo a casa.-contestó él, con otra sonrisa oculta bajo el casco. Ella se detuvo y se volvió a acercar a él.
-¿Puedes quitarte el casco un momento?
-¿Quieres que sea yo quien coja la pulmonía?
-Solo un momento, por favor.-le dijo ella, agachando la cabeza. Él la miró un momento y se lo quitó.
-¿Y bien?
-Nada, absolutamente nada de lo que te diga a continuación va a pasar, no lo repetiré, y nunca lo habré dicho.-él no entendió nada.
-Sigue.
-¿Aún quieres saber que vi en ti para que me gustases?-le preguntó. La lluvia ahora caía más fuerte y poco a poco cada vez estaban más empapados, aunque ninguno de los dos parecía darse cuenta de ello.
-Claro que quiero.
-Por esto.-dijo ella, poniendo su mano sobre el pecho de él, donde debería de estar su corazón, agachó la cabeza un momento, mientras se ponía un poco roja y sonreía. Después lo miró directamente a los ojos.
-Perdona, pero no lo entiendo.-él miró la mano mientras ella la quitaba.
-Me gustaste, como ya te dije, porque te vi especial. Porque sabía que debajo de toda esa imagen de gilipollas, como tú dijiste, tenías un corazón tan enorme como tu idiotez algunas veces. Porque hoy lo has demostrado. Me has salvado de una pulmonía, aun odiándome. Eso habla mucho en tu favor. Así que… gracias por traerme.
Y dicho esto entró corriendo a su casa, sin volverlo a mirar y sin saber muy bien cuando se había decidido a decirle eso.
Lo primero que hizo fue soltar todas sus cosas y tomarse una larga y relajante ducha de agua caliente. Después se dejó caer un rato sobre la cama y un poco más tarde, encendió su ordenador para ver si estaba su amiga y saber cómo se encontraba.
Una vez se hubo conectado, se abrió una ventana de mensajes recibidos mientras no estaba conectada.
“yo no te odio, nunca lo he hecho y no creo que nunca pueda llegar a hacerlo.” Y escrito así, con todas las letras, sin faltas de ortografía, sin nada, una frase jodidamente perfecta, se mirase por donde se mirase. Una frase de él. Una frase para ella. Una frase para sonreír.

Ella&Él 03


La chica llegó a su casa y fue directa a su cuarto. Se echó sobre la cama y respiró varias veces, tranquilizándose y tratando de asimilar que lo que acababa de ocurrir realmente había pasado.
Y claro que había pasado realmente. Y lo peor de todo es que mañana debería de hacerle frente al asunto. Porque mañana se lo cruzaría en el instituto y tal vez ninguno de los dos mirase al otro. O sí que se mirasen y sólo supiesen poner una mueca de asco. Tal vez ahora pudiese caerle mal por lo infantil, idiota, gilipollas, estúpida, imbécil y todas esas cosas que había sido con él.
Porque normalmente, cuando quería verlo, nunca se lo encontraba en el instituto. Pero ahora que no quería hacerlo, por supuesto que se lo encontraría. Y seguro que entrarían a la vez, o cualquier cosa así que la estúpida ley de Murphy se encarga de que pase.
Cogió su móvil y le dio un par de toques a su mejor amiga, haciéndole entender que necesitaba que se conectase YA. Encendió su ordenador del botón y pataleo un rato, mientras ese viejo trasto se tomaba su milenio y medio para terminar de encenderse.
Cuando al fin lo hizo, su amiga ya estaba allí, y abrió conversación casi de inmediato. La ventana de él no tardó en aparecer también. Un nudo incómodo y doloroso se instaló en su estómago. Y por primera vez en muchos meses, no abrió su ventana, se limitó a mirar la pequeña ventanita hasta que desapareció, suspiró y le contó lo ocurrido a su amiga.

El día siguiente amaneció nublado. Una prueba más de que el día no sería el mejor de su vida. Una prueba más de su mala suerte. Una prueba más que le demostraba que seguía siendo ella.
No tardó en estar lista para irse e incluso salió temprano de casa, aún a sabiendas de que le tocaría esperar a que sus amigas llegasen al sitio donde se encontraban normalmente, daba igual, necesitaba saber que estaba haciendo algo para no encontrarse con él, aunque eso no sirviese de nada.
Pronto descubrió que tan solo su mejor amiga estaría hoy con ella, bueno, era suficiente. Era temprano cuando cruzaron la puerta del instituto. Y más temprano que normalmente cuando se sentaron en un pequeño banco a esperar que alguien abriese la puerta de su clase. Su amiga la miraba de vez en cuando, tratando de sacar algo en claro de su expresión.
También era temprano cuando él, acompañado de sus amigos, cruzó la puerta y sin saber muy bien como, se sentó en el banco de al lado sin saber que ella estaba allí.
-Mierda.-dijo la chica, que de pronto, para mirar a su amiga, tenía que mirar hacia la dirección del chico, y éste para mirar a su amigo, debía mirar en la de ella.-Si existe algún dios por ahí se ve que no le caigo del todo bien.
Los ojos de los dos chicos se encontraron, y ninguno apartó la vista. La chica entrecerró los ojos y el chico frunció el ceño. Ambos estaban enfadados, y lo peor es que ninguno sabía si con el otro o con ellos mismos. Fue ella quien con un sonido de disgusto apartó la vista en el momento que algunos chicos de su clase llegaban a donde estaban. Su amiga y ella se levantaron, y les explicaron la ausencia de las demás. Por un instante se olvidó que los ojos del chico seguían clavados en su espalda, casi de una forma palpable.
Ahora ella charlaba con unos chicos de clase, con los que le había tocado hacer un trabajo y fue entonces cuando él pasó a su lado, llevándosela por delante con el hombro.
-¡Eh!-le gritó ella.- ¡Mira por dónde vas!
-Mira tú donde te plantas.-le contestó él mirándola con enfado, ella le devolvió la mirada.
-Si al final sí que eres tan idiota como pareces ser.
-Mira tú que bien.-y se giró de nuevo, dándole la espalda. Algo sobresalía del bolsillo de su chaqueta. Y ella no tardó en saber que era.
Un libro.
Llevaba Romeo y Julieta metido en el bolsillo.
Un ligero suspiro de asombro salió por su boca, él se giró, la miró y por un instante, muy pequeño, pareció olvidar el enfado para dejar paso a la confusión de no saber que le pasaba a ella. Después movió la cabeza de un lado a otro y siguió su camino.
-Vaya, como te gusta ese chico, ¿no?-le dijo una de las chicas de su clase con la que, hasta su interrupción, estaba hablando.
-¿Qué? ¿Gustarme? No, nunca más, nada de nada, ni un poquito. Nada en absoluto. Sería ridículo. Él es idiota y no merece que pierda el tiempo. Gustarme… ¡já!-y dicho eso se encaminó hasta la puerta de clase, aún cerrada pero a salvo de más comentarios como esos. Para solo pensar en una cosa. En Romeo y Julieta.

Ella&Él 02


Hacía ya más de 10 minutos que estaban andando, y aún ninguno de los dos había dicho nada. Él ahora caminaba un poco más al lado de ella, y ella había detenido un poco su paso para quedarse rezagada y de vez en cuando lo miraba. Él caminaba con la vista fija en el suelo.
-¿Y bien?-le preguntó ella, cuando ya no pudo aguantar más. Él frunció el ceño y tragó saliva. Aunque no contestó a su pregunta. Ella se detuvo y lo miró, se cruzó de brazos, pero eso tampoco ayudó a que él hablase, sólo a que se detuviese un par de metros más allá.- Mira, si esto es todo lo que tienes que decirme, será mejor que me vaya a casa.
-No…-le dijo él, mirándola por primera vez.
-Pues dime qué quieres, no pienso dar un paso más sin saberlo.-contestó ella.
-Verás… yo… quería preguntarte algo.
-Dispara.
-Bueno… ya sé… que yo… te gustaba.-los ojos de la chica se abrieron un poco a la vez que sus mejillas se enrojecían. Después agachó la cabeza.
-Puede ser.-dijo ella, sin terminar de admitírselo.
-Y quería preguntarte algo relacionado con eso.
-Pues pregunta.-dijo ella, encogiéndose de hombros y pensando en qué podría querer preguntarle justo ahora.
-Quería saber… ¿qué viste en mi?-el chico parecía contrariado, la chica abrió los ojos y se olvidó de la vergüenza, para pasar a la sorpresa.
-¿Que qué vi en ti?-repitió ella. Él asintió y agachó la cabeza en el momento en que ella lo miraba.- Pues…-no sabía que decir, en cierto modo nunca se había planteado ese asunto.-no sé.
-¿No sabes porque te gustaba?-le preguntó él, volviendo a mirarla con la boca abierta.
-Bueno, sabía que me gustabas, supongo que te veía diferente.
-¿Me veías raro?
-He dicho diferente. Me parecía que eras un chico que valía la pena, supongo.
-¿Supones? ¿Cómo puedes “suponer”? ¡Eso deberías saberlo con seguridad!-su voz sonaba un poco más alta de lo que debería, pero por suerte no había nadie más que ellos por allí.
-¡Si me lo hubieses preguntado cuando te enteraste y no un año después tal vez podría haberte dado una respuesta que te sirviese!-le contestó ella, usando el mismo tono de voz que él.-Sabía que no era buena idea venir…
Se giró para irse, pero una mano en su antebrazo la detuvo.
-Espera.
-Suéltame.-con un movimiento rápido se deshizo de él, pero no se fue. Hiciese lo que hiciese, seguía siendo él.
-Lo siento.-dijo él, separándose un poco.-Pero quería saber por qué.
-¿Para qué?
-Porque en 18 años creo que tú has sido la única persona que se ha fijado en mi… y quería saber porqué.
-Bueno, puedes pensar que soy rarita si con eso te sientes mejor.-le contestó ella, él sonrió.- Pero no tengo otra respuesta. No sé porque me gustas...bas, no sé porque me gustabas. Creo que el verte todos los días… me hizo pensar que debajo de toda esa imagen de…-pensó en decir idiota, pero no hubiese sido educado, aunque no hizo falta.
-De gilipollas, puedes decirlo, es lo que soy y he sido toda mi vida.
-Bueno… yo solo pensaba en decirte idiota, pero como quieras.-él sonrió.-pensé que debajo de esa imagen había alguien especial, alguien que merecía la pena más allá de muchas personas.
-¿Y porque nunca me lo dijiste?
-No es fácil decirle eso a alguien que parece que solo piensa en jugar o en beber. Y mucho menos si esa persona la mayoría de las veces solo sabe reírse de lo que digo y agachar la cabeza.-le dijo ella, después sonrió.
-Una lástima que entonces fuese tan idiota.
-Una gran lástima, desde luego. Pero bueno, eso es agua pasada.
-Agua pasada, sí… por supuesto.
-Cómo iba a seguir enamorada de ti. Eso sería ridículo.
-Completamente.
-Demostraría que maduro muy poco con el paso del tiempo.
-Casi nada.
-Si hubiese sido hace un año, pues sí, pero ya, pues no.
-Por supuesto.
-Y creo que esto ya ha llegado a su límite. Me voy a ir.-dijo ella, cuando la situación se volvió del todo incómoda.
-Soy demasiado idiota como para que pueda seguir gustándote, ¿no es eso?-dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos y dándole patadas a una solitaria piedra.
-No… no es exactamente eso… es solo que… no creo que tú y yo tengamos demasiadas cosas en común. No te veo yo a ti muy de… leer o… de hablar.
-¿Me estás llamando idiota?
-No.
-Yo leo libros.
-Las revistas y los cómics no se consideran libros.-le dijo ella. Se estaba comportando de una forma un tanto… gilipollas, pero necesitaba demostrarse a sí misma que él ya no le importaba.
-Puedo leer cualquier libro.
-No lo dudo, pero no creo que esa sea tu pasión en la vida.
-Pero podría hacerlo.
-Pero no lo harás y eso es justamente lo que hace que tú y yo no tengamos cosas en común.- dicho esto se encaminó hacia su casa, pensando en lo idiota que había sido y en la manera tan estúpida en la que gracias a ella se habían torcido las cosas.
-¡Al menos yo sé porqué me gusta una persona cuando me gusta!-le gritó él.
-¡Al menos yo tengo la suerte de que tú ya no me gustas y no tengo porqué decirte nada, idiota!-y salió corriendo.

Ella&Él 01


Ella estaba frente al ordenador cuando la pequeña ventanita de abajo a la derecha apareció para mostrarle que él había iniciado sesión. Una pequeña e idiota sonrisa acudió a su cara, a la vez que con un simple “clic” le abría conversación. No pensaba hablarle, por supuesto, nunca lo hacía aunque se muriese de ganas, pero siempre abría conversación, era una forma de mantener la esperanza… la ilusión.
Observó la ventana abierta durante unos segundos, mientras la sonrisa iba dejando paso a un suspiro. Después miró la foto, para acabar minimizando su ventana, nunca cerrándola.
Apenas acababa de hacerlo cuando el ya más que pesado “tirorí” acompañado por ese parpadeo incansable le enseñó que él le había hablado. Durante un instante pensó que tal vez había enviado algo sin querer y se sintió avergonzada e idiota. Después, mientras los nervios hacían que sus manos temblasen, bajó el ratón hasta su ventana para descubrir que había sido él quien había iniciado la conversación. Solo había un simple “ola” pero incluso una sola “o” habría sido suficiente. Le había hablado.
El corazón le latía tan deprisa que lo sentía en la garganta, tenía ganas de chillar, de reírse como una histérica y de cruzar su habitación dando saltos. Se preguntaba qué motivo podía haberle llevado a hablarle, justo a ella, porque sí. Respiró varias veces, intentando recuperar algo de su calma perdida, tratando de no sufrir un ataque al corazón. “Solo está aburrido” pensó “se aburre y habla con cualquiera que esté conectado en ese momento”.
“hola” escribió ella como pudo.
“q tal?” recibió casi instantáneamente.
“bien, y tú?”
“muy bien” silencio incómodo para ella, que se mordía el labio incansablemente. “q aces?”
“pues no mucho, y tú?” se acercaba el momento en el que todas las conversaciones se estancaban.
“nada” silencio incómodo de nuevo. Ella suspiró, mientras que él aparecía escribiendo un mensaje. “oye…” sus ojos se clavan en la pantalla, esperando una continuación, muerta de curiosidad. Pero él ni siquiera aparece escribiendo.
“oigo” lo anima.
“tiens algo q acer? me gustaria ablar contigo” ella abre mucho los ojos ante semejante cosa.
“estamos hablando, no?”
“me referia a cara a cara” es como si un mazo golpease directamente el pecho de la chica y se le olvidó como se respiraba. “¿hablar conmigo?” pensó “¿de qué?”.
“para?” le pregunta ella, aunque sabe muy bien que si le dice que vaya a algún sitio lo hará sin pensárselo dos veces. Porque es él.
“podriamos?” vuelve a preguntar él.
“claro, no sé de qué, pero cuando quieras”
“aora?” ella abre los ojos aún más. “¿qué está pasando aquí?”se pregunta. Asustada. Intrigada. Confundida. Atontada. Horriblemente encantada ante la simple idea de hablar con él en persona. De que al fin él sea capaz de decirle algo después de tanto tiempo, sea lo que sea, va a oír su voz. Y no solo eso, la va a oír dedicada, completa y exclusivamente, a ella.
“claro, sabes donde vivo”
“salgo de mi casa ya, no tardare” y cierra sesión, sin más, dejándola a ella en mitad de su ataque al corazón.
Traga saliva con dificultad, luego casi se echa a llorar por la incomprensión del momento, después apaga el ordenador, sin despedirse de nadie y por fin, va directa hacia la puerta de la calle, se sienta frente a ella y espera. Pensando que todo esto es una broma de mal gusto.
Apenas unos minutos después el ruido de una moto se detiene frente a su puerta y su corazón se acelera más aún. Segundos después suena el timbre.
Vuelve a tragar saliva, se levanta lentamente y alarga la mano hasta la cerradura. Coge aire y abre.
Y sí, allí está él, con los ojos clavados en el suelo y el casco en una mano. Parece estar discutiendo consigo mismo. Ella también agacha la cabeza y frunce el ceño, ni siquiera la dice hola.
-¡Luego vuelvo!-grita para que se enteren los que están en el salón. Después sale de casa cerrando la puerta, se mete las manos en los bolsillos y empieza a andar, ignorando la moto. Mientras el chico se sitúa detrás de ella y la sigue, sin abrir la boca.