domingo, 1 de enero de 2012

Ella&Él 04


Y aunque parecía que el día ya había llegado a su máximo, aún quedaba mucho. Era última hora cuando la mejor amiga de la chica se puso enferma y se tuvo que ir a casa antes de tiempo. Y a falta de cinco minutos para la salida cayó la lluvia que no había caído en todo el año.
Duró apenas hasta la salida, pero lo suficiente como para qué todas las calles estuviesen mojadas y encharcadas. Además, que su amiga se hubiese ido significaba que le quedaba una larga caminata, sola y aburrida, hasta llegar a su casa.
El tiempo pasó rápido hasta que el timbre sonó, la chica se despidió de sus amigos y salió. Afortunadamente ya había dejado de llover. Intentó aligerar el paso, pues por el cielo era evidente que no tardaría en volver a empezar a llover.
Y así fue, apenas 10 minutos después de salir, las primeras gotas, finas pero igual de húmedas, empezaron a mojarle la cara, así que agachó la cabeza, se metió las manos en los bolsillos y fue más rápido aún.
Y fue entonces cuando, haciendo uso de su infinita torpeza y mala suerte, se resbaló y cayó al suelo. “Genial” pensó mientras se levantaba y se limpiaba el barro que había ido a parar a sus pantalones. La lluvia, además, apretó un poco. “por favor, dame una tregua, al menos hasta que llegue a casa.”
Volvió a empezar a andar, aún un poco dolorida por la caída. Y entonces es cuando el ruido de una moto se fue acercando a ella, hasta que se detuvo a su lado y un casco se plantó delante de ella. La chica miró el casco, y después fue recorriendo el brazo del extraño hasta llegar a su rostro, semioculto bajo otro casco. Entonces abrió mucho los ojos.
-Anda, sube antes de que llueva más.-le dijo él. Sí, porque era él, la única persona que nunca hubiese pensado que se encontraría. Tragó saliva.
-Te voy a manchar el asiento de barro.-dijo ella y apartando el casco que él le tendía, siguió andando, haciendo acopio de todas sus fuerzas. Él le siguió y volvió a poner el casco delante.
-Me da igual, prefiero un asiento manchado a qué recaiga sobre mi conciencia tu pulmonía.-y sonrió bajo el casco. Ella fijó sus ojos en el casco y tras dudar un par de minutos más, lo cogió, suspirando, y se lo puso. Se sentó detrás de él, poniendo el máximo espacio posible entre ellos.-Oye, no muerdo, será mejor que te agarres.
Ella se mordió el labio, y puso sus manos en la cintura de él.
Apenas llovía ahora, aunque seguían cayendo gotas de vez en cuando. No tardaron mucho en llegar a la casa de la chica, aunque por dentro, sin querer admitirlo, lamentó la poca duración del trayecto. Con otro suspiro se bajó de la moto, se quitó el casco y se lo dio. Fue a entrar en su portal y vio que él no se iba.
-¿Vas a quedarte ahí hasta que entre?-le preguntó ella, medio girándose.
-Tengo que asegurarme de que llegas a salvo a casa.-contestó él, con otra sonrisa oculta bajo el casco. Ella se detuvo y se volvió a acercar a él.
-¿Puedes quitarte el casco un momento?
-¿Quieres que sea yo quien coja la pulmonía?
-Solo un momento, por favor.-le dijo ella, agachando la cabeza. Él la miró un momento y se lo quitó.
-¿Y bien?
-Nada, absolutamente nada de lo que te diga a continuación va a pasar, no lo repetiré, y nunca lo habré dicho.-él no entendió nada.
-Sigue.
-¿Aún quieres saber que vi en ti para que me gustases?-le preguntó. La lluvia ahora caía más fuerte y poco a poco cada vez estaban más empapados, aunque ninguno de los dos parecía darse cuenta de ello.
-Claro que quiero.
-Por esto.-dijo ella, poniendo su mano sobre el pecho de él, donde debería de estar su corazón, agachó la cabeza un momento, mientras se ponía un poco roja y sonreía. Después lo miró directamente a los ojos.
-Perdona, pero no lo entiendo.-él miró la mano mientras ella la quitaba.
-Me gustaste, como ya te dije, porque te vi especial. Porque sabía que debajo de toda esa imagen de gilipollas, como tú dijiste, tenías un corazón tan enorme como tu idiotez algunas veces. Porque hoy lo has demostrado. Me has salvado de una pulmonía, aun odiándome. Eso habla mucho en tu favor. Así que… gracias por traerme.
Y dicho esto entró corriendo a su casa, sin volverlo a mirar y sin saber muy bien cuando se había decidido a decirle eso.
Lo primero que hizo fue soltar todas sus cosas y tomarse una larga y relajante ducha de agua caliente. Después se dejó caer un rato sobre la cama y un poco más tarde, encendió su ordenador para ver si estaba su amiga y saber cómo se encontraba.
Una vez se hubo conectado, se abrió una ventana de mensajes recibidos mientras no estaba conectada.
“yo no te odio, nunca lo he hecho y no creo que nunca pueda llegar a hacerlo.” Y escrito así, con todas las letras, sin faltas de ortografía, sin nada, una frase jodidamente perfecta, se mirase por donde se mirase. Una frase de él. Una frase para ella. Una frase para sonreír.

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