El
día siguiente amaneció nublado de nuevo, pero para cuando llegó al sitio donde
se encontraba normalmente con sus amigas, el sol ya se había asomado.
Todos
sus amigas fueron, repuestas y felices, para contagiarle un poco más de
felicidad, cosa que hoy ella también tenía. El aire tenía ese olor tan
característico de cuando ha estado lloviendo durante horas y ha parado hace
solo un rato. Ese olor tan agradable. El aire era frío, y le congelaba la nariz
y sus manos, guarecidas en sus bolsillos, intentaban mantener una temperatura
normal.
El
camino hasta el instituto se le pasó rápido, aunque en ningún momento habían
aligerado el paso ni nada por el estilo. El sol, débil aún por el poco tiempo
que había tenido para salir, jugaba al escondite con las nubes, llenando y
vaciando de luz las calles.
Se
sentaron en el banco de siempre, hicieron lo de siempre, hablaron de lo de
siempre. Y aún así, la chica tenía la impresión de que hoy era diferente. Hoy
no era un día cualquiera. Sus ojos, nerviosos e inquietos, buscaban al chico
entrando por la puerta, pero hoy no lo vería, por supuesto que no, hoy había
una diferencia fundamental con el día anterior. Hoy sí quería verlo.
El
timbre sonó, y ese día, no prestó atención a ninguna de las clases, ni siquiera
trató de aparentar que sí lo estaba haciendo. No, ese día no. Las horas pasaban
con una lentitud exasperante. El reloj parecía decidido a pararse, o peor, a
empezar a correr en el sentido contrario y retrasar el tiempo tanto como
pudiese.
Sus
ojos vagaban por la ventana, mirando el sol, asentado en su lugar y cansado de
jugar con las nubes, a las que ahora mantenía a raya. Ya no hacía tanto frío,
los rayos de sol se colaban por la ventana y se mezclaban con la calefacción,
cada vez más apagada.
Y
aunque parecía imposible que pudiese llegar ese momento, llegó. El timbre, ese
último timbre del día, que marcaba que el calvario había terminado por el
momento, sonó. El revuelo propio de la salida se armó, y ella participó en él
junto con sus amigas, como siempre.
Andaban
con paso normal, pero el camino hacía casa le parecía extremadamente largo hoy.
Sería porque su cabeza solo le daba vueltas a qué diferente había sido todo el
día anterior. Porque había sido deliciosamente diferente, aunque siguiese empeñada
en negarlo.
Iban
pasando por el sitio donde, el día anterior, se había resbalado y hecho daño,
cuando una moto pasó por su lado, y se paró delante de las chicas. Ella
reconoció de inmediato la moto y a su propietario, y entonces arqueó una ceja,
para después abrir mucho los ojos. Él sonrió bajo su casco y le ofreció el que
el día anterior le había dejado. Las amigas de la chica pasaban los ojos,
atónitas, del chico al casco y del casco a su amiga, para volver al chico.
Mientras, la chica la pasaba del chico al casco.
-Te
llevo.-le dijo él.
-Hoy
no llueve, no recaerá sobre tu conciencia mi pulmonía ni nada de eso, no te
preocupes.-le contestó ella sonriendo. Él también lo hizo. Sus amigas seguían
sin entender nada, solo que su amiga estaba hablando de una forma muy natural
con el chico que hasta hacía poco le había estado gustando y que ellas
sospechaban que aún lo hacía.
-Pero
hoy te lo ofrezco por que sí. Venga, sube.
-¿Por
qué sí? Nadie ofrece las cosas por que sí.
-Pero
yo soy una persona perfectamente adorable, así que sí lo hago. Sube.
-No.-dijo
ella sonriendo.
-Te
mueres de ganas.
-No
voy a dejar a mis amigas solas.
-Estarán
bien.-dijo él, colocando el casco directamente sobre las manos de ella. Esta lo
miró y suspiró, volviéndose hacía sus amigas.
-¿Os
importa?-les dijo, mientras ella, entre cuchicheos y risas la miraban.
-Para
nada.-contestó su mejor amiga, sonriendo con gracia. La chica movió la cabeza
de un lado a otro, se puso el casco y se sentó detrás de él. Este arrancó la
moto de nuevo y corrió varios metros, después bruscamente cambió de dirección.
-Oye,
mi casa no es por ahí.-le dijo ella, acercando su cabeza a la del chico para
que le escuchase. Él la miró de reojo mientras sonreía.
-Eso
ya lo sé. Es que no vamos a tu casa.-le dijo él, mientras aumentaba la velocidad,
lo que obligó a que la chica se agarrase más fuerte, con lo que el chico sonrió
más.
-¿Y
dónde vamos?
-Eso
es una sorpresa.
-Y
esto, un secuestro.
-¡Eh!
Yo no te retengo en contra de tu voluntad, hasta donde yo sé, tú has accedido
amablemente a acompañarme.

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