-¿Sabes
qué?-le dijo él, después de más de dos minutos en silencio. La chica hizo un
ruido negativo, pero no pronuncio palabra. Tenía los ojos fijos en las nubes,
cambiantes y juguetonas, que recorrían el cielo de lado a lado. El chico
también estaba igual.-A veces tengo la sensación de que si tú me pidieses algo,
por estúpido e insensato que fuese, lo haría y no lo pensaría ni dos segundos.
La
chica abrió mucho los ojos, no esperaba esa confesión, y puestos a ser
sinceros, ella también tenía algo que decir.
-Yo
a veces pienso lo mismo. Solo que en mi caso, es más la certeza de que lo
haría. Fuese lo que fuese.
El
silencio era tal que escuchó como el chico tragaba saliva.
-Y
sería capaz de intentar ser un poco más… un poco menos tonto. Que tuvieses algo
de lo que hablar conmigo.
-Bueno,
estamos hablando y nada ha cambiado desde la última vez que nos gritamos en
mitad de la calle. Puede que estuviese equivocada al final.
-No
lo estabas. Me di cuenta de que tenías razón. Tú y yo no teníamos nada de qué
hablar y me di cuenta de cuánto podría hacer por ti cuando de pronto tomé la
decisión de leer, solo por si en algún momento podíamos tener una conversación
civilizada, tener algo que decirte.
-Estamos
teniendo una conversación civilizada.
-Y
yo estoy hablando, cosa terriblemente sorprendente.
-No
creas que yo tengo mil cosas interesantes que decir, normalmente siempre digo
tonterías o las hago.
-Pues
a mí me resulta interesante todo lo que dices.
Silencio.
-Y
a mí lo que dices tú. Leas o no Romeo y Julieta.-el chico rió.
-Es
complicado.
-¿El
libro?
-No,
esto, decir lo que pienso, hablar contigo, debería ser más fácil. Me siento
bien cuando estás cerca, pero por alguna extraña razón, no soy capaz de decirte
todo lo que me gustaría.
-Yo
tampoco. Y es frustrante.
Silencio
de nuevo.
-Pídeme
cualquier cosa.
-¿Qué?-esta
vez la chica sí le miró, y se encontró con que el chico se había sentado y la
miraba.
-Eso,
pídeme cualquier cosa, por imposible que sea. Pídemela, y si la hago y siento
la necesidad de hacerla sabré que verdaderamente me importas, que soy
capaz de todo.
La
chica se levantó de la hierba y miró hacia otro lado.
-Llévame
a casa.-le pidió.
-Oh,
vaya, tal vez hubiese sido mejor callar.-dijo el chico, levantándose a su lado.
Agachó la cabeza y dio un par de pasos para volver al lugar original, a donde
les esperaba la moto y con ella el mundo real.
-¿Cualquier
cosa?-preguntó la chica, que se había quedado retrasada y observaba el suelo
con atención. El chico la miró y arqueó una ceja.
-Pensé
que querías irte.
-En
realidad no. Cuando las cosas toman caminos así siempre me entran las ganas de
huir. Pero voy a hacerle frente, no voy a escaparme.
-Pues
entonces pídeme cualquier cosa.
-Mírame
y sonríe.-dijo clavando sus ojos en los de él. Él lo hizo casi instantáneamente.
-¿Cualquier
cosa y me pides que sonría?
-Bueno,
carezco de imaginación, además ha sido lo primero que se me ha ocurrido que
hicieses por mí. Me gusta que sonrías mirándome a los ojos. Antes no lo hacías
demasiado.
-Ya
ves, yo también huyo cuando las cosas se ponen extrañas.
-¿Consideras
esta situación extraña?
-Más
o menos. Nunca pensé que fuese capaz de hablar tanto tiempo contigo.
-Yo
tampoco.-sonrió ella.
-A
mí también me gusta que sonrías.-le dijo él.
-¿Porqué
pensabas que no podrías hablar tanto conmigo?
-Porque
me pongo nervioso y se me olvida lo que quería decirte. Porque tengo miedo de
hablar más de la cuenta. De cagarla. Ya ves que lo hice a la primera ocasión
que tuve de hablar contigo.
-¿Y
porqué quisiste hablar conmigo?
-No
sé… de repente me di cuenta que tú eras la única persona con la que quería
hablar. La única voz encima de la tierra que quería escuchar. Y llegó un
momento en que no aguanté más tiempo sin ella, que la necesitaba, que ya no era
una voz más, que ya era la voz de mi vida, la única voz, la más importante de
todas.
-Qué
extraño.
-¿El
qué es extraño?
-Que
me digas esto. Estuve más de dos años intentando escuchar tu voz de una forma directa.
Me resultabas extremadamente necesario en mi vida, como si sin ti el mundo ya
no girase así que durante esos años el mundo no giraba, porque no tenía tu voz
para hacerlo.
-Y
aprendió a girar sin mí.

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