La
chica llegó a su casa y fue directa a su cuarto. Se echó sobre la cama y
respiró varias veces, tranquilizándose y tratando de asimilar que lo que
acababa de ocurrir realmente había pasado.
Y
claro que había pasado realmente. Y lo peor de todo es que mañana debería de
hacerle frente al asunto. Porque mañana se lo cruzaría en el instituto y tal
vez ninguno de los dos mirase al otro. O sí que se mirasen y sólo supiesen
poner una mueca de asco. Tal vez ahora pudiese caerle mal por lo infantil,
idiota, gilipollas, estúpida, imbécil y todas esas cosas que había sido con él.
Porque
normalmente, cuando quería verlo, nunca se lo encontraba en el instituto. Pero
ahora que no quería hacerlo, por supuesto que se lo encontraría. Y seguro que
entrarían a la vez, o cualquier cosa así que la estúpida ley de Murphy se
encarga de que pase.
Cogió
su móvil y le dio un par de toques a su mejor amiga, haciéndole entender que
necesitaba que se conectase YA. Encendió su ordenador del botón y pataleo un
rato, mientras ese viejo trasto se tomaba su milenio y medio para terminar de
encenderse.
Cuando
al fin lo hizo, su amiga ya estaba allí, y abrió conversación casi de
inmediato. La ventana de él no tardó en aparecer también. Un nudo incómodo y
doloroso se instaló en su estómago. Y por primera vez en muchos meses, no abrió
su ventana, se limitó a mirar la pequeña ventanita hasta que desapareció,
suspiró y le contó lo ocurrido a su amiga.
El
día siguiente amaneció nublado. Una prueba más de que el día no sería el mejor
de su vida. Una prueba más de su mala suerte. Una prueba más que le demostraba
que seguía siendo ella.
No
tardó en estar lista para irse e incluso salió temprano de casa, aún a
sabiendas de que le tocaría esperar a que sus amigas llegasen al sitio donde se
encontraban normalmente, daba igual, necesitaba saber que estaba haciendo algo
para no encontrarse con él, aunque eso no sirviese de nada.
Pronto
descubrió que tan solo su mejor amiga estaría hoy con ella, bueno, era
suficiente. Era temprano cuando cruzaron la puerta del instituto. Y más
temprano que normalmente cuando se sentaron en un pequeño banco a esperar que
alguien abriese la puerta de su clase. Su amiga la miraba de vez en cuando,
tratando de sacar algo en claro de su expresión.
También era temprano
cuando él, acompañado de sus amigos, cruzó la puerta y sin saber muy bien como,
se sentó en el banco de al lado sin saber que ella estaba allí.
-Mierda.-dijo
la chica, que de pronto, para mirar a su amiga, tenía que mirar hacia la
dirección del chico, y éste para mirar a su amigo, debía mirar en la de
ella.-Si existe algún dios por ahí se ve que no le caigo del todo bien.
Los
ojos de los dos chicos se encontraron, y ninguno apartó la vista. La chica
entrecerró los ojos y el chico frunció el ceño. Ambos estaban enfadados, y lo
peor es que ninguno sabía si con el otro o con ellos mismos. Fue ella quien con
un sonido de disgusto apartó la vista en el momento que algunos chicos de su
clase llegaban a donde estaban. Su amiga y ella se levantaron, y les explicaron
la ausencia de las demás. Por un instante se olvidó que los ojos del chico
seguían clavados en su espalda, casi de una forma palpable.
Ahora
ella charlaba con unos chicos de clase, con los que le había tocado hacer un
trabajo y fue entonces cuando él pasó a su lado, llevándosela por delante con
el hombro.
-¡Eh!-le
gritó ella.- ¡Mira por dónde vas!
-Mira
tú donde te plantas.-le contestó él mirándola con enfado, ella le devolvió la
mirada.
-Si
al final sí que eres tan idiota como pareces ser.
-Mira
tú que bien.-y se giró de nuevo, dándole la espalda. Algo sobresalía del
bolsillo de su chaqueta. Y ella no tardó en saber que era.
Un
libro.
Llevaba
Romeo y Julieta metido en el bolsillo.
Un
ligero suspiro de asombro salió por su boca, él se giró, la miró y por un
instante, muy pequeño, pareció olvidar el enfado para dejar paso a la confusión
de no saber que le pasaba a ella. Después movió la cabeza de un lado a otro y
siguió su camino.
-Vaya,
como te gusta ese chico, ¿no?-le dijo una de las chicas de su clase con la que,
hasta su interrupción, estaba hablando.
-¿Qué?
¿Gustarme? No, nunca más, nada de nada, ni un poquito. Nada en absoluto. Sería
ridículo. Él es idiota y no merece que pierda el tiempo. Gustarme… ¡já!-y dicho
eso se encaminó hasta la puerta de clase, aún cerrada pero a salvo de más
comentarios como esos. Para solo pensar en una cosa. En Romeo y Julieta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario