domingo, 1 de enero de 2012

Ella&Él 03


La chica llegó a su casa y fue directa a su cuarto. Se echó sobre la cama y respiró varias veces, tranquilizándose y tratando de asimilar que lo que acababa de ocurrir realmente había pasado.
Y claro que había pasado realmente. Y lo peor de todo es que mañana debería de hacerle frente al asunto. Porque mañana se lo cruzaría en el instituto y tal vez ninguno de los dos mirase al otro. O sí que se mirasen y sólo supiesen poner una mueca de asco. Tal vez ahora pudiese caerle mal por lo infantil, idiota, gilipollas, estúpida, imbécil y todas esas cosas que había sido con él.
Porque normalmente, cuando quería verlo, nunca se lo encontraba en el instituto. Pero ahora que no quería hacerlo, por supuesto que se lo encontraría. Y seguro que entrarían a la vez, o cualquier cosa así que la estúpida ley de Murphy se encarga de que pase.
Cogió su móvil y le dio un par de toques a su mejor amiga, haciéndole entender que necesitaba que se conectase YA. Encendió su ordenador del botón y pataleo un rato, mientras ese viejo trasto se tomaba su milenio y medio para terminar de encenderse.
Cuando al fin lo hizo, su amiga ya estaba allí, y abrió conversación casi de inmediato. La ventana de él no tardó en aparecer también. Un nudo incómodo y doloroso se instaló en su estómago. Y por primera vez en muchos meses, no abrió su ventana, se limitó a mirar la pequeña ventanita hasta que desapareció, suspiró y le contó lo ocurrido a su amiga.

El día siguiente amaneció nublado. Una prueba más de que el día no sería el mejor de su vida. Una prueba más de su mala suerte. Una prueba más que le demostraba que seguía siendo ella.
No tardó en estar lista para irse e incluso salió temprano de casa, aún a sabiendas de que le tocaría esperar a que sus amigas llegasen al sitio donde se encontraban normalmente, daba igual, necesitaba saber que estaba haciendo algo para no encontrarse con él, aunque eso no sirviese de nada.
Pronto descubrió que tan solo su mejor amiga estaría hoy con ella, bueno, era suficiente. Era temprano cuando cruzaron la puerta del instituto. Y más temprano que normalmente cuando se sentaron en un pequeño banco a esperar que alguien abriese la puerta de su clase. Su amiga la miraba de vez en cuando, tratando de sacar algo en claro de su expresión.
También era temprano cuando él, acompañado de sus amigos, cruzó la puerta y sin saber muy bien como, se sentó en el banco de al lado sin saber que ella estaba allí.
-Mierda.-dijo la chica, que de pronto, para mirar a su amiga, tenía que mirar hacia la dirección del chico, y éste para mirar a su amigo, debía mirar en la de ella.-Si existe algún dios por ahí se ve que no le caigo del todo bien.
Los ojos de los dos chicos se encontraron, y ninguno apartó la vista. La chica entrecerró los ojos y el chico frunció el ceño. Ambos estaban enfadados, y lo peor es que ninguno sabía si con el otro o con ellos mismos. Fue ella quien con un sonido de disgusto apartó la vista en el momento que algunos chicos de su clase llegaban a donde estaban. Su amiga y ella se levantaron, y les explicaron la ausencia de las demás. Por un instante se olvidó que los ojos del chico seguían clavados en su espalda, casi de una forma palpable.
Ahora ella charlaba con unos chicos de clase, con los que le había tocado hacer un trabajo y fue entonces cuando él pasó a su lado, llevándosela por delante con el hombro.
-¡Eh!-le gritó ella.- ¡Mira por dónde vas!
-Mira tú donde te plantas.-le contestó él mirándola con enfado, ella le devolvió la mirada.
-Si al final sí que eres tan idiota como pareces ser.
-Mira tú que bien.-y se giró de nuevo, dándole la espalda. Algo sobresalía del bolsillo de su chaqueta. Y ella no tardó en saber que era.
Un libro.
Llevaba Romeo y Julieta metido en el bolsillo.
Un ligero suspiro de asombro salió por su boca, él se giró, la miró y por un instante, muy pequeño, pareció olvidar el enfado para dejar paso a la confusión de no saber que le pasaba a ella. Después movió la cabeza de un lado a otro y siguió su camino.
-Vaya, como te gusta ese chico, ¿no?-le dijo una de las chicas de su clase con la que, hasta su interrupción, estaba hablando.
-¿Qué? ¿Gustarme? No, nunca más, nada de nada, ni un poquito. Nada en absoluto. Sería ridículo. Él es idiota y no merece que pierda el tiempo. Gustarme… ¡já!-y dicho eso se encaminó hasta la puerta de clase, aún cerrada pero a salvo de más comentarios como esos. Para solo pensar en una cosa. En Romeo y Julieta.

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