domingo, 1 de enero de 2012

Ella&Él 06


Estuvieron más de diez minutos sobre la moto y la chica aún no sabía a dónde iban. De pronto, dio un giro brusco y paró la moto, cerca de la carretera y en mitad de la nada.
-Baja. Hemos llegado.
-Oye, ¿piensas abandonarme en mitad de la nada?-le preguntó la chica. Él sonrió. La chica se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que ella misma soñaba con ese simple gesto. Una sonrisa. Su sonrisa.
-Claro que no.-La chica se bajó y el chico la siguió.-puedes dejar la mochila aquí, te puedo asegurar que nadie vendrá.
-Ah, ya lo entiendo.-dijo ella mientras se quitaba el casco.- En verdad eres un asesino en serie, que trae aquí a todas sus víctimas, piensas matarme y abandonarme en mitad del campo, ¿no?
Una sincera carcajada salió de entre los labios del chico. La chica sonrió.
-No, si pensase hacerte algo, no me habría expuesto a que me viesen tus amigas. Ni dejarías aquí la mochila. Eso son pruebas en mi contra, y vale que soy idiota, pero tengo dos dedos de frente. Solo quiero enseñarte algo, sígueme.
El chico se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar campo a través. La chica soltó su mochila y lo siguió.
Nunca le había gustado el campo, era demasiado torpe como para llevarse bien con él. Demasiadas ramas y cosas con las que poder caerse. Andaba insegura un par de metros por detrás de él que, a diferencia de ella, andaba con seguridad. Apenas tres minutos después de empezar a caminar, llegaron a una cancela de árboles, que parecía cortar irremediablemente el camino.
-¿Y ahora?-le preguntó la chica, desde atrás, él volvió a sonreír y se agachó un poco, para apartar las ramas justas para que se pudiese pasar.
-Las damas primero.-le dijo, acompañando sus palabras con un gesto de la cabeza. Ella se agachó y pasó a través de los arbustos.
Y parecía imposible que un lugar así pudiese existir de verdad. Había tanto verde junto que inconscientemente buscó una muestra de que era real, que no era perfecto. Hierba, fresca, verde, con flores aquí y allí. Un pequeño riachuelo que atravesaba el pequeño claro de un lado a otro, dejando su sonido y su olor fresco y agradable, y que se perdía entre los árboles de más allá.
Un suspiro de asombro se escapó de su boca. A la vez que el chico lograba ponerse a su lado.
-Esto es… imposible.
-No, no, esto es real.
-No pensaba que por aquí había lugares así y…
-mucho menos que yo pudiese conocerlos, ¿no?-terminó él su frase, ella lo miró.-Tranquila, lo puedo entender. Este sitio no me va mucho, lo que no quiere decir que no me guste. Pero supuse que a ti te gustaría más.
-Y me encanta.-dijo ella, avanzando un poco y sin poder dejar de sonreír.-Es tan… sano.-El pasó por su lado y se dejó caer sobre la hierba.- ¿No estará mojada?
-¿Y qué más da?-dijo él.
-Pues que… no s…-pero él ya la había cogido del brazo y prácticamente tirado al suelo. Ella se echó a reír, sin saber muy bien por qué. Tal vez porque ese lugar tenía su propia magia, su propia felicidad, y era imposible no sentirla y no contagiarte de ella.- ¿Y por qué me has traído aquí?-le preguntó ella, tras unos segundos sin parar de reír, poniéndose seria de repente. Él se encogió de hombros.
-La primera vez que estuve aquí, todo esto me recordó a ti. Y bueno, quería traerte como una forma de hacer las paces.
-¿Tenemos que hacer las paces?
-Nunca hemos tenido demasiada relación. Y justo cuando empezamos a tenerla, solo nos peleamos.
-Pero últimamente no nos peleamos, desde que me salvaste de la pulmonía, yo interpreté eso como una manera de hacer las paces.
-Pues interpreta esta como otra más formal. Es más, te propongo que seamos amigos.
-¿Amigos, eh? Trato hecho.-apenas tuvo que pensárselo. Extendió su mano y él la estrechó, el simple contacto de sus manos hizo que un escalofrío recorriese la espalda de la chica, que sus mejillas se encendiesen y retirase la mano inmediatamente. El chico agachó la cabeza y miró hacia otro lado. Después se tumbó sobre la hierba y la chica, después de recobrar la compostura, lo imitó.

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