Estuvieron
más de diez minutos sobre la moto y la chica aún no sabía a dónde iban. De
pronto, dio un giro brusco y paró la moto, cerca de la carretera y en mitad de
la nada.
-Baja.
Hemos llegado.
-Oye,
¿piensas abandonarme en mitad de la nada?-le preguntó la chica. Él sonrió. La
chica se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que ella misma soñaba con ese simple
gesto. Una sonrisa. Su sonrisa.
-Claro
que no.-La chica se bajó y el chico la siguió.-puedes dejar la mochila aquí, te
puedo asegurar que nadie vendrá.
-Ah,
ya lo entiendo.-dijo ella mientras se quitaba el casco.- En verdad eres un
asesino en serie, que trae aquí a todas sus víctimas, piensas matarme y abandonarme
en mitad del campo, ¿no?
Una
sincera carcajada salió de entre los labios del chico. La chica sonrió.
-No,
si pensase hacerte algo, no me habría expuesto a que me viesen tus amigas. Ni
dejarías aquí la mochila. Eso son pruebas en mi contra, y vale que soy idiota,
pero tengo dos dedos de frente. Solo quiero enseñarte algo, sígueme.
El
chico se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar campo a través. La
chica soltó su mochila y lo siguió.
Nunca
le había gustado el campo, era demasiado torpe como para llevarse bien con él.
Demasiadas ramas y cosas con las que poder caerse. Andaba insegura un par de
metros por detrás de él que, a diferencia de ella, andaba con seguridad. Apenas
tres minutos después de empezar a caminar, llegaron a una cancela de árboles,
que parecía cortar irremediablemente el camino.
-¿Y
ahora?-le preguntó la chica, desde atrás, él volvió a sonreír y se agachó un
poco, para apartar las ramas justas para que se pudiese pasar.
-Las
damas primero.-le dijo, acompañando sus palabras con un gesto de la cabeza.
Ella se agachó y pasó a través de los arbustos.
Y
parecía imposible que un lugar así pudiese existir de verdad. Había tanto verde
junto que inconscientemente buscó una muestra de que era real, que no era
perfecto. Hierba, fresca, verde, con flores aquí y allí. Un pequeño riachuelo
que atravesaba el pequeño claro de un lado a otro, dejando su sonido y su olor
fresco y agradable, y que se perdía entre los árboles de más allá.
Un
suspiro de asombro se escapó de su boca. A la vez que el chico lograba ponerse
a su lado.
-Esto
es… imposible.
-No,
no, esto es real.
-No
pensaba que por aquí había lugares así y…
-mucho
menos que yo pudiese conocerlos, ¿no?-terminó él su frase, ella lo
miró.-Tranquila, lo puedo entender. Este sitio no me va mucho, lo que no quiere
decir que no me guste. Pero supuse que a ti te gustaría más.
-Y
me encanta.-dijo ella, avanzando un poco y sin poder dejar de sonreír.-Es tan… sano.-El
pasó por su lado y se dejó caer sobre la hierba.- ¿No estará mojada?
-¿Y
qué más da?-dijo él.
-Pues
que… no s…-pero él ya la había cogido del brazo y prácticamente tirado al
suelo. Ella se echó a reír, sin saber muy bien por qué. Tal vez porque ese
lugar tenía su propia magia, su propia felicidad, y era imposible no sentirla y
no contagiarte de ella.- ¿Y por qué me has traído aquí?-le preguntó ella, tras
unos segundos sin parar de reír, poniéndose seria de repente. Él se encogió de
hombros.
-La
primera vez que estuve aquí, todo esto me recordó a ti. Y bueno, quería traerte
como una forma de hacer las paces.
-¿Tenemos
que hacer las paces?
-Nunca
hemos tenido demasiada relación. Y justo cuando empezamos a tenerla, solo nos
peleamos.
-Pero
últimamente no nos peleamos, desde que me salvaste de la pulmonía, yo
interpreté eso como una manera de hacer las paces.
-Pues
interpreta esta como otra más formal. Es más, te propongo que seamos amigos.
-¿Amigos,
eh? Trato hecho.-apenas tuvo que pensárselo. Extendió su mano y él la estrechó,
el simple contacto de sus manos hizo que un escalofrío recorriese la espalda de
la chica, que sus mejillas se encendiesen y retirase la mano inmediatamente. El
chico agachó la cabeza y miró hacia otro lado. Después se tumbó sobre la hierba
y la chica, después de recobrar la compostura, lo imitó.

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