jueves, 1 de diciembre de 2011

Álex&Julieta 04


Julieta siempre ha sido una chica charlatana y extrovertida. Siempre consigue sacar una sonrisa a la persona con la que esté hablando. Es de las que dicen lo que piensan pese a quien le pese, pero siempre con el suficiente tacto para no dañar a nadie. No suele estar triste nunca. Es educada, una buena hija, una buena hermana, una buena amiga. El perfecto ejemplo a seguir.
Cuando conoce a una persona que le parece interesante, habla mucho, demasiado tal vez, pero es que en estas ocasiones tiene tanto que quiere saber que no puede callarse.
En la escuela siempre está rodeada de gente, se podría decir que es una chica popular y todo el mundo la conoce y la quiere. Siempre está con sus amigas, charlando sobre sus intereses comunes: los chicos.
En realidad a ella no le interesa mucho este tema, puesto que no le gusta nadie de su instituto, a sus amigas por el contrario, sí.
Pablo, el chico más guapo, simpático y agradable de todo el instituto. El chico por el que todas las chicas suspiran cada vez que pasa. El chico que ha pedido a Julieta que salga con él mil veces y ella ha rechazado mil y una. El chico perfecto para todas menos para ella.
Julieta reconoce que es guapo, negarlo sería mentir. Pero no es su clase de chico, cuando está cerca no siente el corazón desbocado, ni ganas de entablar conversación. Tampoco siente ganas de alojar una sonrisa de forma permanente en su cara. Ni de pasar el máximo tiempo posible con él. Cuando está a su lado no siente absolutamente nada. Aunque eso no ha sido nunca un impedimento para que él siga persistiendo y sus amigas sigan preguntándose porque ella no lo acepta.
En casa Julieta es aún más agradable de lo que es fuera. Vive con su madre y con su hermano. Se podría decir que su hermano es su vida, le encanta estar con él, es tan pequeño… su madre pasa poco tiempo en casa, siempre está trabajando y ella siempre está con Joaquín y con Lilia, su niñera desde que ella misma era pequeña.
Julieta sí que tienes sueños. Sueños imposibles, como ella misma los llama, pero en los que sigue teniendo fe.
Hace dos años y medio que su padre los abandonó a todos y fue en ese momento, cuando vio a su madre llorando por los rincones cada vez que estaba sola, cuando tomó la decisión de que nunca se enamoraría, y si lo llegara a hacer, sería de alguien que verdaderamente mereciera la pena, alguien de verdad, alguien que siempre fuese a estar ahí. Se enamoraría de un príncipe azul.
Por eso eran sueños imposibles para ella, porque ella no creía en la existencia de príncipes azules, ni siquiera confiaba en la existencia de príncipes a secas. Por eso nunca se enamoraría, se había pedido tanto a si misma para poderlo hacer que se había creado su propio escudo contra el amor.
Hacía más o menos dos meses de aquello. De aquel primer sueño, desde entonces todas las noches soñaba con él.
Al principio ella siempre era una espectadora cualquiera, alguien entre la gente que observaba al protagonista pero poco a poco, ese protagonista empezó a llamar su atención.
Tardó apenas cuatro días en lograr verle la cara a ese chico, cuatro días para descubrir que tenía los ojos más bonitos que jamás hubiese visto, para sonreír cuando sonreía. Cuatro días solo.
Hay quien confía más en las casualidades que en el destino. Julieta no era de estas, ella nunca creyó en casualidades, por eso mismo, lo acontecido al día siguiente del primer sueño donde le pudo al fin ver claramente, la dejó perpleja y casi sin aliento.
Su madre recibió la llamada de que a su tía la habían ingresado, no era nada grave, un simple y desafortunado accidente laboral. Iban a ir a hacerle una visita esa mañana.
Julieta llegó junto con su familia al hospital y estuvieron mucho rato bromeando con su tía, hasta que le entró hambre y le dijo a su madre que iba a buscar algo de comer. Y así pensaba hacerlo hasta que algo se lo impidió.
Andando por ese mismo pasillo, encontró una puerta entreabierta, solo lo justo para ver la cara del ocupante. La cara del chico. Su adorable rostro.
Desde ese justo instante, Julieta visitó día sí y día también el hospital, lo visitó a él todas y cada una de sus tardes. Todos y cada uno de sus días hasta que incluso las enfermeras sabían su nombre y la saludaban al llegar.

Julieta nunca ha creído en casualidades ni en príncipes.
Julieta siempre ha creído en el destino y en su propio Romeo.

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