jueves, 1 de diciembre de 2011

Álex&Julieta 02


Al principio era solo eso, una sombra que se mezclaba con la multitud de rostros conocidos, intentando ocultarse de su vista. Solo una sombra inventada por él, nada más, se repetía a diario.
Pero pasó a tomar forma de persona, de chica, para ser más concretos. Una chica que siempre, incluso cuando en sus recuerdos él era un niño pequeño, permanecía con el mismo aspecto y con la misma mirada de curiosidad dirigida a él. No le gustaba, se sentía observado y se ponía de mal humor, y cuando estaba de mal humor las sombras volvían y él se sumía en la oscuridad terrible, pero sobretodo, horriblemente solitaria.
Es por eso que empezó a tomar la llegada de la sombra como un mal augurio, solo venía a atormentarle y a sacarle de los, cada vez menos, buenos momentos que tenía. Empezó a odiar a esa criatura misteriosa que lo perseguía cuando él mejor estaba. Y eso que Alex nunca había odiado a nadie, en su vida. Sería tal vez por su falta de contacto con el mundo, nunca hablaba con nadie, así que nunca llegaba a conocer a alguien tanto como para que le pudiese llegar a caer mal. Pero esa criatura extraña que lo atormentaba se había ganado su odio antes incluso de dirigirle una sola palabra. Y rezaba por qué no lo hiciera, a saber qué pasaría entonces.
Un día, bueno, mejor dicho, en uno de sus recuerdos, ya que él los días no los podía contar, estaba en mitad de su último cumpleaños, del cumpleaños número diecisiete. Su padre y su hermana danzaban a su lado, cantándole cumpleaños feliz y sonriendo, sonriendo mucho, como él. Por una vez, la sombra, la criatura, la chica, llámese como quiera, no estaba allí, y él sonrió maravillado ante esta idea. Podría vivir tranquilo un recuerdo tan querido. Abrió la enorme caja envuelta en un precioso papel de regalo que le tendía su padre, diciendo que era un regalo de Dalia y de él. Estaba encantado, dentro de esa caja se encontraba el nuevo telescopio que le regalaron. O al menos eso es lo que debería de haber encontrado y no a la criatura sonriendo, casi con picardía, desde dentro de la caja.
-¿Quién eres tú?-le preguntó, al ya no poder soportar el que fastidiase de esa forma su recuerdo. La chica sonrió de oreja a oreja y salió de la caja, una vez fuera, la caja junto con todo lo demás se desvaneció. Y ellos quedaron suspendidos en una especie de nada. Alex miró a la chica, enfadado y a punto de empezar a gritar. Ahora no sabía cuánto pasaría antes del próximo recuerdo.- ¡¿Quién eres?!-le repitió al ver que la chica no reaccionaba.
Ella solo contestó con una risa cantarina que inundó el espacio, como si de verdad la hubiese escuchado fuera y no aquí. Eso le enfureció aún más. Era como si encima de apoderarse de este sitio en el que estaba, donde solo tenía sus escasos recuerdos, quisiese apoderarse del de fuera, donde de vez en cuando oía la voz de su hermana y, más a menudo, la de su padre.
-¿Y tú?-respondió la chica, con una voz que aunque Alex con su enfado no quisiera admitir, era muy bonita.
-¿Yo? He preguntado primero, además este sitio es mío.-le contestó, poniendo los ojos en blanco.
-Entonces todo lo que hay aquí pertenece a tu imaginación, ¿no es así? O a tu memoria, pero no nos hemos visto nunca, así que debo pertenecer a tu imaginación.-le contestó ella.
-Genial.-dijo abriendo mucho los ojos y dejándose caer, sin reparar en que estaban en la nada, así que no había suelo que frenase su caída. Tampoco cayó, se dio cuenta, de la misma forma que antes, estando de pie, no se había caído.-Tengo una amiga imaginaria. Al fin me volví loco.
-¿Si manejas todo esto porqué no lo pones un poco más bonito? Está oscuro y aburrido.-dijo la chica, que parecía no haberlo escuchado, o fingía no haberlo hecho. Por dios, hablaba como si fuese real, no fingía nada, él lo estaba haciendo, él la había creado. La chica daba vueltas sobre sí misma, mirando el vacío en el que estaban. Alex la observó y trató de descubrir en que se había basado para crearla, aunque por mucho que se devanó los sesos, no lo encontró.- ¿Qué miras tanto?-le recriminó la chica, poniendo los brazos a modo de jarra.- ¡Por favor, ten modales, mirar así a una dama no es de buena educación!
-¡Lárgate de aquí y déjame solo con mi locura!
-Primero: no estás loco, si eso te sirve de consuelo. Segundo: ¿primero me arrastras hasta aquí y después me echas? Tercero: Yo soy real, por mucho que no te lo creas. Y cuarto y último: ¿puedes poner un poco de color en este sitio? ¡Es deprimente!

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