Y
así pasan los días, y las semanas, e incluso los meses. Se ha instalado mi
propia y deliciosa rutina. Tres meses hace ya del momento de la barca. Tres
maravillosos meses en los que he sido más feliz que en toda mi vida. En los que
me han sobrado razones para sonreír. En los que él siempre ha estado ahí.
Tres
míseros meses.
Eso
es todo lo que hemos tenido, porque hoy vengo a decirle eso que debería de
haberle dicho hace dos semanas y que no le he dicho aún:
Nos mudamos.
Nos mudamos.
Se
me hace un nudo en la garganta solo de pensarlo.
Me
voy. Mañana por la mañana cogeré un avión y me marcharé. Y no sé si regresaré o
no. Pero sobretodo, no sé si lo volveré a ver. Se me encoge el corazón tan solo
de pensarlo.
Os
preguntaréis porque nos vamos ahora, y os sorprenderá saber que tuve la oportunidad
de quedarme y dije que no.
Mi
madre se casó muy joven, tal vez demasiado. Desechó todos sus sueños de ser
artista por mi padre, y se le daba bien, de verdad. Lleva años sacrificando sus
deseos por mí y por papá, y por eso mismo discuten más que hablan.
Hace
aproximadamente dos semanas y media, llamaron a mamá diciéndole que le habían
concedido la beca que ella había pedido. Le daban la oportunidad de cumplir su
sueño. Y yo me alegré muchísimo por ella, mamá se lo merece. Lo que no pensé
fue en las consecuencias de este casi insignificante hecho.
La
beca era en la otra punta del país, y mamá tendría que instalarse allí, papá no
iría, tenía su trabajo aquí y no podía dejarlo así como así, pero mi caso era
diferente. Mamá me pidió, bueno, casi me suplicó que fuese con ella, que era
importante para ella y que me necesitaba a su lado.
Y
yo, como os habréis imaginado ya, acepté. Acepté irme de aquí, aún cuando el
corazón me palpitaba dolorosamente ante la idea de lo que ello supondría.
Decirle
adiós a Ángelo. Estaba renunciando a lo más importante que tenía ahora para que
mi madre cumpliese sus sueños, pero era justo, ella había hecho lo mismo por
mí.
No
le he dicho nada de Ángelo, si lo hiciese me diría que me quedase aquí y yo no
quiero fallarle cuando sé que me necesita. Tampoco se lo he dicho a él, todo me
lo he guardado yo, y solo lo he dejado salir cuando he estado sola.
Pero
hoy tengo que decirle adiós a Ángelo. Ya no puedo retrasarlo por más tiempo,
mañana por la mañana tomaré el avión que llevará a mi madre a su sueño y a mí
me alejará del mío.
Me
he acercado tratando de parecer feliz, él ya me estaba esperando, como cada
tarde en estos maravillosos tres meses. Se ha levantado cuando he llegado y yo
le he sonreído, pero para nada era una sonrisa alegre, se ha detenido antes de
besarme, notándolo.
-¿Qué
pasa?-me pregunta preocupado. Y se me encoge aún más el corazón, casi podría
jurar que está aullando de dolor. Una salada y cálida lágrima rueda por mi
mejilla, y él se acerca a secarla.- ¿Ángela?
-Me
voy.-le digo, y aún siendo solo dos palabras, la voz se me quiebra varias
veces.
-¿Dónde?
¿Por qué?- me pregunta desconcertado. Nos sentamos en el banco y le explico lo
que pasa con mamá, su cara se va volviendo más y más seria mientras hablo. Me
coge una mano que aprieta con fuerza.-No puedes irte…
-No
quiero irme.-le digo, y es verdad aunque yo misma sea quien ha decidido hacerlo.-Pero
tengo que hacerlo.
-Pero
no es justo.-dice a la vez que una lágrima solitaria le resbala por la mejilla.
No soporto verle llorar.
-No
para nosotros.-le digo.-Pero es lo justo para mi madre. Me desgarro el corazón
solo de pensar en que me voy, en que no te veré más hasta Dios sabe cuándo. No
quiero ni imaginar cómo será estar sin ti. Nuestro mundo perfecto se hunde en
el caos, se va a pique.
-¿Qué
haré sin ti?
-Vivir.
Lo que has hecho hasta hace tres meses. Vivir por los dos como yo intentaré
hacer.-le contesto, recostándome en su pecho.
-Pero
algo podremos hacer…-niego con la cabeza y me vuelvo a incorporar.
-No
quiero pasar mi último día aquí llorando, Ángelo. Quiero hacer algo contigo,
algo feliz, algo que haga que la despedida sea más… menos dolorosa.-le digo.
-Di
lo que quieras hacer y lo haremos. Cualquier cosa. Si quieres volar, buscaré la
forma de que lo hagamos. Y si quieres ver cualquier cosa en cualquier parte del
mundo te llevaré hasta ella. Solo dime qué quieres y lo haré.-me dice, mientras
más lágrimas caen por sus ojos.
-Lo
primero que quiero es que no llores.-alzo la mano y limpio sus lágrimas, como
él ha hecho conmigo mil veces.-Y me basta con que estés aquí y pueda abrazarte.
Me
pasa un brazo por los hombros y me recuesta en su pecho, me acaricia el pelo
mientras yo jugueteo con uno de los cordones de su sudadera.
-¿Quieres
saber algo curioso?-me pregunta al cabo de lo que a mí me parecen minutos, pero
por el cielo parecen más bien horas.
-Claro.
-Me
llamo Ángelo.-me dice, sonriendo a la vez que un par de lágrimas caen. Yo me
separo de su pecho para mirarlo, mientras mi corazón se va consumiendo un poco
más.
-¿Quieres
saber tú algo?
-Por
supuesto.
-Me
llamo Ángela.-le digo llorando y riendo.

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