martes, 1 de noviembre de 2011

Desconocidos - Día 105


Y así pasan los días, y las semanas, e incluso los meses. Se ha instalado mi propia y deliciosa rutina. Tres meses hace ya del momento de la barca. Tres maravillosos meses en los que he sido más feliz que en toda mi vida. En los que me han sobrado razones para sonreír. En los que él siempre ha estado ahí.
Tres míseros meses.
Eso es todo lo que hemos tenido, porque hoy vengo a decirle eso que debería de haberle dicho hace dos semanas y que no le he dicho aún:
Nos mudamos.
Se me hace un nudo en la garganta solo de pensarlo.
Me voy. Mañana por la mañana cogeré un avión y me marcharé. Y no sé si regresaré o no. Pero sobretodo, no sé si lo volveré a ver. Se me encoge el corazón tan solo de pensarlo.
Os preguntaréis porque nos vamos ahora, y os sorprenderá saber que tuve la oportunidad de quedarme y dije que no.
Mi madre se casó muy joven, tal vez demasiado. Desechó todos sus sueños de ser artista por mi padre, y se le daba bien, de verdad. Lleva años sacrificando sus deseos por mí y por papá, y por eso mismo discuten más que hablan.
Hace aproximadamente dos semanas y media, llamaron a mamá diciéndole que le habían concedido la beca que ella había pedido. Le daban la oportunidad de cumplir su sueño. Y yo me alegré muchísimo por ella, mamá se lo merece. Lo que no pensé fue en las consecuencias de este casi insignificante hecho.
La beca era en la otra punta del país, y mamá tendría que instalarse allí, papá no iría, tenía su trabajo aquí y no podía dejarlo así como así, pero mi caso era diferente. Mamá me pidió, bueno, casi me suplicó que fuese con ella, que era importante para ella y que me necesitaba a su lado.
Y yo, como os habréis imaginado ya, acepté. Acepté irme de aquí, aún cuando el corazón me palpitaba dolorosamente ante la idea de lo que ello supondría.
Decirle adiós a Ángelo. Estaba renunciando a lo más importante que tenía ahora para que mi madre cumpliese sus sueños, pero era justo, ella había hecho lo mismo por mí.
No le he dicho nada de Ángelo, si lo hiciese me diría que me quedase aquí y yo no quiero fallarle cuando sé que me necesita. Tampoco se lo he dicho a él, todo me lo he guardado yo, y solo lo he dejado salir cuando he estado sola.
Pero hoy tengo que decirle adiós a Ángelo. Ya no puedo retrasarlo por más tiempo, mañana por la mañana tomaré el avión que llevará a mi madre a su sueño y a mí me alejará del mío.
Me he acercado tratando de parecer feliz, él ya me estaba esperando, como cada tarde en estos maravillosos tres meses. Se ha levantado cuando he llegado y yo le he sonreído, pero para nada era una sonrisa alegre, se ha detenido antes de besarme, notándolo.
-¿Qué pasa?-me pregunta preocupado. Y se me encoge aún más el corazón, casi podría jurar que está aullando de dolor. Una salada y cálida lágrima rueda por mi mejilla, y él se acerca a secarla.- ¿Ángela?
-Me voy.-le digo, y aún siendo solo dos palabras, la voz se me quiebra varias veces.
-¿Dónde? ¿Por qué?- me pregunta desconcertado. Nos sentamos en el banco y le explico lo que pasa con mamá, su cara se va volviendo más y más seria mientras hablo. Me coge una mano que aprieta con fuerza.-No puedes irte…
-No quiero irme.-le digo, y es verdad aunque yo misma sea quien ha decidido hacerlo.-Pero tengo que hacerlo.
-Pero no es justo.-dice a la vez que una lágrima solitaria le resbala por la mejilla. No soporto verle llorar.
-No para nosotros.-le digo.-Pero es lo justo para mi madre. Me desgarro el corazón solo de pensar en que me voy, en que no te veré más hasta Dios sabe cuándo. No quiero ni imaginar cómo será estar sin ti. Nuestro mundo perfecto se hunde en el caos, se va a pique.
-¿Qué haré sin ti?
-Vivir. Lo que has hecho hasta hace tres meses. Vivir por los dos como yo intentaré hacer.-le contesto, recostándome en su pecho.
-Pero algo podremos hacer…-niego con la cabeza y me vuelvo a incorporar.
-No quiero pasar mi último día aquí llorando, Ángelo. Quiero hacer algo contigo, algo feliz, algo que haga que la despedida sea más… menos dolorosa.-le digo.
-Di lo que quieras hacer y lo haremos. Cualquier cosa. Si quieres volar, buscaré la forma de que lo hagamos. Y si quieres ver cualquier cosa en cualquier parte del mundo te llevaré hasta ella. Solo dime qué quieres y lo haré.-me dice, mientras más lágrimas caen por sus ojos.
-Lo primero que quiero es que no llores.-alzo la mano y limpio sus lágrimas, como él ha hecho conmigo mil veces.-Y me basta con que estés aquí y pueda abrazarte.
Me pasa un brazo por los hombros y me recuesta en su pecho, me acaricia el pelo mientras yo jugueteo con uno de los cordones de su sudadera.
-¿Quieres saber algo curioso?-me pregunta al cabo de lo que a mí me parecen minutos, pero por el cielo parecen más bien horas.
-Claro.
-Me llamo Ángelo.-me dice, sonriendo a la vez que un par de lágrimas caen. Yo me separo de su pecho para mirarlo, mientras mi corazón se va consumiendo un poco más.
-¿Quieres saber tú algo?
-Por supuesto.
-Me llamo Ángela.-le digo llorando y riendo.

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