martes, 1 de noviembre de 2011

Desconocidos - Y la vida siguió...


...como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.








Todo el mundo habla de los amores de verano. Esos mueren, aunque siempre se recuerden, cuando el verano lo hace, pero ¿qué pasa con los amores de invierno? Estos no mueren nunca, permanecen congelados en el momento en el que quedaron, haciéndote el mismo daño que te hacían. Esos que se ven obligados a terminar sin que ninguna de las dos partes quieran que así sea. Nadie habla de estos amores, yo no hablo de este amor.
¿Alguna vez habéis sentido ese tipo de amor con el que te sientes completa y feliz? ¿Ese que hace que te levantes y seas feliz porque lo que tienes con esa persona supera tus propios sueños? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestro corazón se quedaba al lado de esa persona para siempre y os quitaba la posibilidad de querer a nadie más?
Un amor tan fuerte que superaría cualquier barrera, se piensa… pero luego una simple mudanza es suficiente para que todo termine.
Aunque en realidad no termina. Nunca ha terminado y los dos lo sabíamos cuando nos dimos el último abrazo y el último beso en aquel parque.
Este tipo de amor no puede terminar, porque como ya he dicho, mi corazón sigue allí con él, esperando a que yo vuelva. Y esto me hace recordar cuál fue mi última palabra, mi última promesa, antes de salir corriendo.
-Volveré.-le dije en aquel momento, y aún continúa en pie, aunque haya pasado el tiempo tanto como para que me haya podido olvidar. Y aún me duela cada latido que tiene que dar mi corazón sin que él esté.
Hoy vuelvo, al fin vuelvo a casa. Después de… ¿dos? No, tres años. Tres años se dicen pronto, pero vivirlos es otra historia. Creo que estos años no he conseguido sonreír ni una sola vez, al menos no por algo referente a mí. Todas y cada una de mis sonrisas han sido por mamá, porque ella estaba cumpliendo su sueño por fin y era tremendamente feliz. Pero no hemos vuelto a casa, papá ha venido aquí en vacaciones. Nosotras no hemos ido allí. Y eso me duele cada día más.
Dicen que el tiempo es lo único que nos ayuda a olvidar aquello que nos hace daño.
Pero eso no es verdad, al menos no en mi caso. Cada día que ha pasado se ha clavado en mi cor… bueno, no ha podido clavarse en mi corazón, puesto que su sitio ahora está vacío, así que en verdad se clava en el espacio donde debería de estar.
Hace un par de días que mamá ha tenido tiempo para darse cuenta que debajo de mis sonrisas no había alegría, que yo no era feliz. En realidad este tema ha salido muchas veces en estos tres años, pero yo siempre he contestado con un simple “no es nada” y por más que intentaba no era capaz de sacar nada más.
Pero ayer exploté y acabé contándole todo lo que me pasaba, acabé hablándole de Ángelo aunque procuraba no pensar en su nombre porque así solo conseguía acabar más hundida.
Nada más terminar de contárselo a mamá, ella me abrazó y me dijo, bueno, me exigió que volviese a casa, me dijo que ya había hecho suficiente por ella, y que ahora era mi turno para ser feliz.
Siempre he permanecido aquí porque era lo que mamá quería, pero cuando me dijo eso fue como una… liberación. Era libre de volver con Ángelo. De encontrarlo y de seguir las cosas como las dejamos, siempre y cuando me siga recordando.
Hoy voy a coger un avión para volver a casa. Para volver a Ángelo.
Hoy voy a intentar recomponer lo que se rompió hace tres años, lo que yo rompí.
Hoy al fin volveré, tal y como prometí.
Tarde, pero en el fondo, vuelvo, y espero que él siga ahí, porque si no está habré perdido el sueño de mi vida para siempre. O lo que es peor, habré perdido algo más importante. Habré perdido la capacidad de amar, porque mi corazón se quedó allí con él, y aún no sé cómo estará cuando vuelva.
Tal vez esté roto y pisoteado, tal vez yo no sea ya importante para él de la forma en la que él lo es para mí.
Igual ya es tarde. Y él cree que yo no cumpliré nunca mi promesa, que nunca volveré.
Me duele el vacío de una forma exagerada. Mi respiración se entrecorta ante la idea de su ausencia. Mis ojos se llenan de lágrimas negándose a cualquier cosa que no sea verlo.
Y yo me niego a cualquier cosa que no sea verlo.
Porque últimamente, aunque he estado luchando todo este tiempo contra pronunciar su nombre con el fin de que fuese menos doloroso, mi mente solo es capaz de repetir una y otra vez una palabra:
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.
Ángelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario