viernes, 6 de abril de 2012

Días de lluvia y sequía 06


Creo que lo estoy llevando bastante bien.
Lo sigo echando de menos, claro, pero normalmente me mantengo tan ocupada que no pienso en apenas en él. Siempre estoy haciendo algo, mi madre dice que me nota un tanto hiperactiva, pero es la única solución que he encontrado para que no me duela.
Y aún así lo hace.
El dolor es bueno, me recuerda que todo lo que pasó ocurrió de verdad, que él existes y que donde quiera que esté tal vez, de vez en cuando, se acuerde de mí. Yo intento no acordarme de él así que últimamente hago cosas que nunca antes había hecho. Como cuidar de mi hermano pequeño voluntariamente, llevarlo a donde quiere cuando quiere, sin necesidad de enfados. Cuidarlo es una forma de no pensar en él, sí, una buena forma.
Hoy se le ha antojado ir a casa de Pablito, su amigo nuevo del cole. Así que he aceptado, como siempre que me pide algo. Salimos de casa y el sol se clavó en mi piel, cálido, burlón, igual que todos los días de todo este tiempo. ¿Cómo no puede la gente preguntarse porque no vuelve la lluvia? Yo me lo pregunto, pero la gente simplemente dice que no le gusta. Que estupidez, al menos hay gente más idiota que yo por ahí.
Intento no pensar mucho en el sol, porque me recuerda a él. Es como otra seguridad de que existió, de que la lluvia no vendrá, de que nunca más lo veré. El sol me duele muchísimo. Mantengo las persianas de mi habitación echadas siempre, cuanto menos luz, mejor. Pero no puedo evitar ser consciente de su presencia cuando salgo a la calle.
Íbamos de camino a casa de Pablito cuando mi hermano salió corriendo parque adentro, gritando algo como “he quedado aquí con él”. Lo seguí, con paso lento y cansado. El sol me agotaba, estar en ese sitio me agotaba más aún. Caminé con la vista clavada en el suelo, evitando mirar a sitios que me lo puedan recordar.
Mi hermano ya estaba al lado de su amigo, riendo como si los problemas no existieran. Los miré con envidia. Jugar, todo lo que ellos tenían que hacer era eso.
Tardé en darme cuenta que al lado de Pablito había alguien, que mantenía sus ojos fijos en los míos, que no lo miraban. Levanté la vista a tiempo de encontrarme con él, como si nada hubiese pasado, en el mismo sitio, a la misma hora, con el mismo sol.

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